Petro es sinónimo de cambio social y esperanza política…

Por: Esteban Morales
Historiador

Gustavo Petro, con todas sus particularidades (negativas y positivas), representa algo central en la coyuntura política actual: el cambio, y aunque puede ser traumático o impredecible, es cambio, al fin y al cabo, palabra poco conocida en la historia política colombiana, pero que tiene una importancia central en sí misma. Es precisamente eso lo significativo de Petro, que en el fondo representa la única propuesta que busca un cambio real o estructural, por llamarlo de otra forma. Ese cuento de que la oposición debe estar haciendo control a los de siempre, mientras abusan y desfalcan, roban y desinforman, no es cuerdo ni verídico; la oposición también puede alternar en el poder, cambiar y hacer las cosas mejor. Gustavo Petro representa esa oposición, oposición a las mismas prácticas de siempre, a esos que hacen doctorados rimbombantes (cuando los hacen en realidad) y luego vuelven al país a ocupar un puesto digno de sus antepasados, a esos que nunca han tenido contacto con lo popular y cuando lo hacen manifiestan un desprecio y una simulación imposible de disimular, a esos que administran el país por herencia y por apellido, a esos que llaman indio, negro, provinciano o plebeyo al compatriota, a esos que quieren gobernar al país como lo hacían sus antepasados hace medio siglo.

A eso se opone Petro y eso encarna su discurso, su trayectoria política, su forma de ver los procesos y sus reivindicaciones, razones valiosas en sí mismas. ¿Odio de clases? No señor Duque, es justicia de clases, equidad y oportunidades en un país que debe renovar las bases de la democracia real y visible. Ese cuento de hadas de que todos progresamos juntos sin cambios de verdad, es un atropello a la realidad. Toca chutar la pelota, posponer las transformaciones y variaciones, dejarlas para luego, el pobre debe esperar siempre, acusado de su misma miseria. Lo malo de esa espera, es que la clase política lo hace desde un crucero o desde una hacienda, mientras el hombre de a pie lo hace con añoranzas, necesidades y padecimientos. Son las gentes comunes las que deben dejar el miedo y propiciar el cambio, porque no son rebaños, son sujetos activos, son ciudadanos con capacidad de dirigir.

Y es que la búsqueda de una energía más limpia, la reivindicación de lo público y lo popular, la cuestión de la reestructuración de la economía para hacerla productiva y no solo extractiva, la búsqueda de la reactivación del campo y los constantes llamados de atención respecto a la irracionalidad de los latifundios poco o nada productivos, junto con la creencia en las posibilidades de la educación con cobertura, para mejorar la seguridad del país, con confianza en la humanidad y no en la represión y la segregación, son algunas de las principales concepciones de Petro, con las que construye y consolida una visión del país novedosa y de cambio, que como es obvio tendrá consecuencias y deberá atravesar un camino escabroso, abriéndose campo por los matorrales más densos y por los obstáculos más impensados de los que han mandado siempre y que no estarán contentos con los cambios e intentarán construir diques y madrigueras.

Petro es la esperanza. La esperanza de que hay otras formas de gobernar y otros que pueden hacerlo de una manera que difícilmente será peor que la que hasta ahora hemos vivido y experimentado, o más bien padecido y sufrido. No hay validez para juicios de señalamiento de izquierda o de derecha, es entre cambio o continuidad donde se centra la antinomia de las próximas elecciones, entre transformación o permanencia.

Muchos países tienen relevos generacionales, nuevos políticos, nuevas olas y nuevas ideas, pero Colombia no. En nuestro país aparecen nuevos partidos y todas las ideas globales tienen eco, sin embargo, en el poder ejecutivo siempre están los mismos, por lo que el pusilánime y oportunista de Andrés Pastrana, cuyo mayor mérito es ser hijo de Misael Pastrana, aún habla, luego de un desastroso cuatrienio de gobierno; por eso el hijo de un exministro es candidato del uribismo; por eso, un nieto del expresidente Carlos Lleras es candidato también. Porque hay una élite que no quiere soltar el poder y creen que Colombia es su parcela y su propiedad, que nacen con derecho de gobernarla y que lo hacen de la manera que nos conviene a los habitantes de ésta. Y por eso se alían, porque no hay ideología, hay intereses; no son homogéneos como clase ni como grupo, pero ante los cambios se juntan de manera camaleónica y olvidan sus supuestas posturas ideológicas, sus disputas artificiales y superficiales y sus distancias personales en bien de “la patria”, la patria de ellos y para ellos.

Álvaro Uribe Vélez quebró el bipartidismo pos Frente Nacional (1974-2002) y con ello instauró un punto de vista unidireccional que busca de una manera idealista “volver a un pasado donde todo fue mejor”, con una supuesta “seguridad democrática”, que no fue ni seguridad, ni democrática para grandes porciones del país. Su discurso cala particularmente en una clase media radicalizada que no quiere perder su carro, ni su negocio, ni su apartamento, y creen que el hecho de que haya seguridad en las carreteras, justifica todo tipo de ignominias sociales. Es una clase media conservadora y sin miras políticas, arribista y prepotente en múltiples casos. Pero es a esta clase media a la que hay que convencer del cambio, porque allí hay millones de votos disponibles y bien intencionados, confundidos y disciplinados por los grandes medios y por nuestros importantes (y mediocres) periodistas.

Ese miedo que sienten al ver sus propiedades amenazadas supuestamente por un castro-chavismo como animal multiforme, es infundado, incoherente e ilógico, ya que lo que Petro propone son cambios democráticos necesarios en una sociedad que se piensa como moderna y viable, y no una que está en el deshonroso podio de la desigualdad mundial, con rasgos pre modernos vergonzosos y explícitos, donde el lenguaje es el de la represión y la satanización del que piensa diferente, con argumentos y con ideas críticas y contestatarias, que buscan la transformación y la apertura social del país con miras a la creación de un nuevo pacto ciudadano y la materialización de la paz en nuestra realidad.

Y es que en Colombia no pueden siempre gobernar los mismos, hay que hacer una transición pacífica, hacer unos cambios estructurales, complejos y colosales, pero que son vitales para asumir este siglo y los retos de la reconciliación nacional. Si no hemos sucumbido a más de un siglo de gobiernos oligárquicos, tradicionales, aristocráticos y endogámicos, por qué tememos tanto a dar el poder a alguien diferente, a un individuo que propone cambios y que piensa en las brechas sociales, el poder de la educación, el conocimiento, la equidad ciudadana, la redistribución, la inclusión económica, la paridad de oportunidades y asigna un papel central al Estado en la construcción del país, mas allá de las panaceas y paraísos invisibles del neoliberalismo rapaz y descarado que nos azota, con sus indicadores de productividad y eficiencia.
Ese miedo a los cambios es lo que no puede justificar que sigamos postrados e inermes frente a la misma forma de concebir y de ejecutar el poder. Petro tiene falencias y no es perfecto, pero es el único candidato del cambio y la esperanza. He ahí su potencial en lo político, constituye una opción novedosa y distinta a la de siempre, la de los paños tibios, la del punto medio. El miedo es un mal consejero, es algo humano, que hay que trascender y dejar pasar.