Los muros como reflejo de la realidad.

Por: Cristhian Sánchez Chísica – Historiador y muralista - FUAC

Los muros de nuestras calles se han convertido en los lienzos de artistas urbanos y grafiteros que por medio de sus firmas (tags), como una muestra de presencia y apropiación de la ciudad, o de mensajes gráficos y escritos, buscan plasmar contextos de problemáticas sociales que con frecuencia son olvidadas y censuradas.

A raíz del asesinato del grafitero Diego Felipe Becerra (Trípido) a manos de un patrullero de la Policía en el norte de Bogotá en el 2011, se abrieron espacios de discusión donde se planteó la necesidad del reconocimiento y reglamentación de las actividades e intervenciones artísticas de carácter callejero o urbano, con el objetivo principal de evitar la criminalización de los individuos o colectividades que se dedican a esta clase de oficios, reduciendo las posibilidades de ser objeto de agresiones por parte de la fuerza policial o particulares. Bogotá fue pionera en la elaboración conjunta de una política que atendiera las principales necesidades de este sector, compuesto en su gran mayoría por jóvenes. De esa manera, la administración distrital de la Bogotá Humana logró la reglamentación de la práctica a través de la promulgación del Decreto 75 de 2013, cuyo marco legal permitió a los artistas urbanos tener condiciones mínimas de seguridad a la hora de producir su obra.

La fragmentación social suele ser una de las consecuencias del surgimiento del grafiti en ciudades como Bogotá. Sin embargo, fue a partir del mencionado decreto que se empezó a replantear el sentido social de la práctica y de cierta forma se dejó de lado su estigmatización y vandalización. Como consecuencia, la cotidianidad de la ciudad se convirtió en una experiencia de comunicación entre los muros y los ciudadanos, reflejando en algunos casos y de manera contundente, críticas y realidades de regiones, comunidades e individuos que suelen ser silenciados y estigmatizados.

El escándalo mediático sobre la muerte de Diego Felipe tuvo varias implicaciones en la escena del arte urbano. Bogotá se convirtió en una de las capitales mundiales del grafiti, se creó la Mesa Distrital del Grafiti, y los mensajes críticos sociales y políticos se reforzaron y multiplicaron en las calles de la ciudad, inspirando a nuevas generaciones a crear obras y técnicas que hoy en día se trazan en las zonas bajas de los puentes, en grandes edificios e incluso en pequeñas casas y fachadas de pueblos y veredas, eliminando los límites entre lo urbano y lo rural.

De esta forma, el arte urbano se ha convertido en un elemento transgresor y de comunicación visual, que se ha hecho camino en las calles entre muros, pancartas, vallas y carteles publicitarios de marcas reconocidas y partidos políticos. Podríamos decir que la muerte de Trípido creo un antes y un después en la escena e historia del grafiti y el arte urbano en Bogotá y sus alrededores. La práctica se multiplicó, desarrolló técnicas y herramientas que antes no eran vistas en las calles, los barrios fueron testigos de proyectos que involucraban a las comunidades y sus realidades, la escena del arte urbano se ha convertido casi en una comunidad y los mensajes plasmados en los muros se empezaron a reproducir masivamente como una forma de manifestación y resistencia.

A pesar de que en la ciudad ya existían muralistas y colectivos que proyectaban en sus imágenes contenidos críticos, las diferentes técnicas del arte urbano y el diseño gráfico como el lettering, el stencil o estarcido, la serigrafía, el grabado, la tipografía y la litografía, se desplegaron con mayor contundencia por los diferentes barrios para invadir el espacio público por medio de stickers, carteles y murales de forma legal e ilegal.
El decreto implementó la creación de proyectos y estímulos para que desde el Distrito se habilitaran convocatorias para intervenir algunos espacios de la ciudad, permitiendo la creación de grandes murales en zonas como la calle 26. Posteriormente, algunos de estos murales fueron tapados por la administración de Enrique Peñalosa, sin embargo, termina siendo una realidad que mientras siga habiendo muros blancos en el espacio público, el arte urbano se va a eternizar tanto como los ladrillos de las fachadas que contienen sus pinturas.

Es necesario tener en cuenta el esfuerzo de las administraciones distritales; se han creado diferentes proyectos y estímulos que van convirtiendo la labor del arte urbano en casi un proyecto de vida a largo plazo para muchos. Pese a este esfuerzo, la práctica sigue extendiéndose desde proyectos independientes, donde los muralistas sacan de sus bolsillos el dinero para pagar sus herramientas e intervienen al momento de fomentar, crear sus obras y legalizar personalmente el uso de los muros. Parece cierto el dicho urbano que advierte que por cada grafitero muerto nacerán mil, en una ciudad donde el arte urbano continúa reproduciéndose y el contenido de sus mensajes termina siendo más social, más político y más directo.

Y es que, en un país como Colombia, pintar cualquier mensaje en la calle termina siendo un acto político, cuando un grafitero se gasta miles o millones de pesos en pintura al año para plasmar y defender sus ideas, cuando se está dispuesto a ser despreciado por la sociedad por pensar desde los muros, cuando se pone en peligro la vida en las noches para realizar una pieza que puede ser borrada en horas, y cuando se va una vida defendiendo lo que se silencia y se olvida. Por supuesto, las medidas de control y la represión de instituciones como la policía sobre esta práctica se han venido reduciendo gracias a la reglamentación, pero a pesar de ello, métodos como la censura, la persecución y la estigmatización social en la escena del arte urbano y las artes gráficas se han vuelto más recurrentes durante el actual gobierno nacional.

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