José Fernando Isaza

Silencio

Por: José Fernando Isaza

Liévano Aguirre, en los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, narra las torturas infligidas a los cristianos en el Japón en el siglo XVII, cuando se emprendió una persecución contra la religión católica que podía poner en peligro la alianza del poder con el budismo. El budismo no es una religión, sino una filosofía y un modo de vida. La inicial difusión del cristianismo en Japón no tuvo el éxito que logró en América, aquí se apoyó en los ejércitos conquistadores y a sangre y fuego destruyeron las civilizaciones precolombinas; con la infame alianza conquistadores-clero se ejecutó el peor holocausto en la historia de la humanidad.

La tortura del pozo consistía en colgar cabeza abajo a una persona y sumergirla en una alberca con excremento. Para que se prolongara su vida varios días, se le hacía al torturado una incisión en el cuello para bajar la presión de la sangre. Esta demencial tortura se practicó en el siglo XX en Camboya, en el régimen de Pol Pot. Muestra de la perversidad a que pueden llegar los regímenes fundamentalistas, así sean estos de derecha o de izquierda. La intolerancia casi siempre se asocia con una religión o una deformación de esta. La película de Martin Scorsese Silencio, basada la novela de Shusaku Endo, describe la frustrada misión de los jesuitas para llevar su religión al Japón. Los bienintencionados misioneros, ante el sufrimiento por las torturas de los fieles, increpan a Dios por su silencio, no entendiendo cómo abandona a sus fieles. El mismo reproche se le hace por el Holocausto. El teólogo católico Hans Kung, para tratar de explicar lo inexplicable, dice que Dios no evitó estos horrores, no porque no quiso, sino porque no pudo. Dios es infinitamente bondadoso, pero no infinitamente todopoderoso; Kung sacrifica la omnipotencia de Dios por la bondad. Un Dios no puede ser a la vez todopoderoso y todo bondadoso y permitir sufrimientos casi intolerables a la humanidad.

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