Dólar ¿camino a los 4.000 pesos?

Por: Pascual Amézquita Zárate.
Profesor universitario
PhD en economía

Tomado de: Periódico de la CUT N°137 de febrero de 2016.
http://www.cutbogota.org/index.php/publicaciones/1725-informativo-cut-bo...

El peso colombiano se ha devaluado frente al dólar en una de las mayores proporciones vistas en el planeta en los pasados 18 meses. Es otro efecto nefasto de la apertura económica y de su contracara, la locomotora minero-energética, que en vez de bienestar ha traído mayor pobreza para el país.

Para entender la dinámica, conviene tener en cuenta ciertas cifras. Aunque hay algunas diferencias, en general por cada 100 dólares que se reportan como exportación petrolera, al país le queda 20 y los otros 80 se dividen en costos y ganancias de la empresa petrolera extranjera. En medio de la caída de los precios, el país sigue exportando la misma cantidad, cerca de un millón de barriles diarios. Pero los ingresos para el Estado colombiano, ese ya minúsculo 20% del total, ahora es, obviamente menos (en Noruega esa distribución es casi al revés).

Se suman las caídas en precios y volumen sufridas por el carbón y los minerales (en estos casos los ingresos no pasan de 10 dólares por cada 100 exportados). Y, finalmente, la baja en las exportaciones de otros productos manufacturados (en estos, al país le quedan porcentajes más altos, pero en estos renglones también hay presencia de capitales extranjeros, es decir, no todo el valor exportado es realmente ingreso nacional).

Hay dos sectores que no muestran declive exportador, el cafetero (en alta proporción todos los dólares recibidos por ventas externas quedan en el país) y el floricultor, pero acá de nuevo menos de 20 dólares de cada 100 quedan en el país, por la inversión extranjera.

En síntesis, por el lado de las exportaciones el país depende de productos primarios (la apertura liquidó o desnacionalizó la industria nacional) y en general, salvo el café, lo que le queda al país por las ventas externas es una miseria, ahora más debilitada por la crisis mundial del comercio exterior.

Una parte de los dólares que quedan en Colombia se usan para importar. Pero, en una muy alta proporción, también para pagar a los inversionistas extranjeros sus ganancias por explotar nuestros productos, por haber comprado hidroeléctricas, empresas públicas de servicios domiciliarios, poner telefonía, hacerse a la propiedad de los grandes supermercados y mil negocios más que la apertura económica les otorgó, y un rubro no menor, los dólares fugados de cuanto corrupto hay. Eso arroja un creciente déficit de divisas pues cada vez salen más dólares y entran menos.

En los años de bonanza no es que al país no tuviera ese problema. Lo que pasa es que se estaba engordando, pues el déficit de dólares se enjugaba trayendo más dólares prestados o abriendo más las puertas a las inversiones extranjeras: más privatizaciones, más bloques mineros, más garantías a los inversionistas, más negocios como Reficar. Cada año en plena bonanza se necesitaban más dólares para pagarles a los inversionistas pero por la misma bonanza entraban más, ocultando el problema.

Ahora está la destorcida. Las inversiones extranjeras han caído sustancialmente, conseguir plata prestada es más difícil, frenar las importaciones es complicado. Pero la hemorragia de divisas se agrava. Por ejemplo, las utilidades de Isagén serán otro dolor de cabeza para las finanzas públicas pues los compradores se las llevarán y en dólares.

Obviamente, si hay más demanda que oferta de dólares, el precio seguirá subiendo, es decir, la carrera hacia los 4.000 pesos por dólar tiene fuertes corredores de fondo, y el gobierno está lejos de tomar las medidas adecuadas para evitar el desangre del país.