Del glifosato y otros venenos.

Foto tomada de: vanguardia.com

Por: Pascual Amézquita Zárate.

En días pasados Nueva Gaceta presentó una reseña del último libro del ampliamente conocido escritor colombiano Germán Castro Caycedo.

El libro se abre con la siguiente presentación escrita por Castro Caycedo: “Anteriormente la Editorial Planeta se negó a publicar este libro y, existiendo un contrato vigente, me devolvió el manuscrito original, por su contenido en cuanto a la posición del Estado frente al conflicto interno (2002-2010) (…) Hoy, bajo una nueva dirección, Planeta ha tomado la decisión de publicarlo”.

El título del libro obedece a dos razonamientos del autor: De una parte, a que el problema de la droga es básicamente de Estados Unidos, el mayor consumidor. De otra, a que la razón verdadera de la llamada guerra contra la droga es controlar el agua y el oxígeno que escasea en el Norte y abunda en el Sur.

Reafirma esta segunda razón citando un artículo que publicara Nueva Gaceta en su época impresa escrito expresamente para nosotros por el reconocido pensador Atilio Borón.

Pues bien, a raíz del debate más reciente sobre el uso del glifosato en la guerra contra la droga, releyendo el libro se encuentra una causa de su censura en la década pasada: su fuerte y documentado ataque al uso del veneno en cuestión.

En estos días, al igual que lo han hecho siempre, los defensores del uso del glifosato argumentan que también se usa en Estados Unidos. Dice al respecto el libro hablando de las denuncias por los daños que causa:

“No obstante, para acallar cualquier reacción (…) enviados de Washington, que aparecen periódicamente ofreciendo conferencias de prensa en la embajada (…) diciendo que los herbicidas que ellos emplean en su guerra contra la coca también son utilizados en su país sin ofrecer ningún peligro. Mentira repetida un año tras otro ante el silencio de los mismos gobernantes locales que saben perfectamente cómo [la utilización del] glifosato (…) tal como la realizan los estadounidenses es su propia guerra en Colombia, está prohibida en el resto del mundo” (Nuestra guerra ajena, Germán Castro Caycedo, Ed. Planeta, p. 138).

Recuerda el autor que el uso del glifosato produjo graves daños en Ecuador por cuanto se hicieron aspersiones cerca de la frontera. Como lo recuerdan los lectores de Nueva Gaceta, años después Colombia tuvo que pagar una indemnización a ese país para dar por terminada una demanda puesta en los tribunales internacionales.

A lo largo del libro insiste en que el herbicida es muy dañino para la salud de hombres, animales y cultivos y que por lo demás no ha servido para controlar el crecimiento del área sembrada con matas de coca. Siendo ello así, ¿por qué se sigue usando? En un apartado anota:

“Otros estudiosos del tema opinan que la presión de los Estados Unidos para que se continúen envenenando ríos, poblaciones con seres humanos y selvas con este herbicida obedece a la del fabricante Monsanto, pese a que la misma policía de Colombia reconoce que esta estrategia no es la más efectiva para siquiera disminuir el mercado de la droga” (p. 140).

En las primeras cincuenta páginas del libro hace un recuento de la Guerra de Vietnam y del uso del herbicida conocido como Agente Naranja, con el cual se destruían selvas en pocas horas para intentar derrotar a los vietnamitas. Como se sabe, arrasaron cientos de miles de hectáreas convirtiéndolas poco menos que en desiertos. En cuanto a la población, recuerda Castro, la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia denunció que se causó “el nacimiento comprobado de por lo menos 500 bebés con malformaciones congénitas” (p. 141).

Finalmente la Asociación mencionada “logró que el Pentágono retirara el veneno de Indochina”.

¿A qué viene el cuento? En tono indignado informa Castro:

“El gobierno de Washington aceptó, y los sobrantes –millones de litros– fueron trasladados a una isla en el Pacífico. Pero una vez allí, entonces sí reconocieron el peligro que representaba el herbicida y, claro, se lo ofrecieron a América Latina, pero los Estados lo rechazaron. Todos… Menos Colombia”.

A continuación el autor presenta una lista de empresas de agroquímicos y de productos:

“Monsanto y Dow Chemicals enviaron su producto a elevados precios y posteriormente negociaron sus fórmulas con otras firmas y aquí empezó una extraordinaria feria del tóxico, a juzgar por el número de nombres y presentaciones con que lo camuflaban nuevos fabricantes en el país, que iban desde industrias del mismo Estado torpe y sumiso, hasta más de una decena de negociantes estadounidenses” (p. 142).

Sobre los efectos del veneno en Colombia informa Castro:

“El doctor Marco Fidel Micolta, director del hospital de El Guamo, Tolima –población enclavada en una de las grandes zonas agrícolas del país– confirmó que ‘aquí han comenzado a detectarse muchos casos de bebés nacidos con pies chapines, labios leporinos, paladares hendidos, hepatomegalia (hígado más grande de lo normal), microcefalia (cerebros diminutos)…’.”

Concluye Castro Caycedo: “Los mismos signos que en Vietnam”.

Para no abrumar a los lectores y en cambio sí invitarlos a que lean completo el libro, remato este comentario recordando con el autor que desde la década de 1980 en Estados Unidos se prohibió fumigar la marihuana que se siembra en los parques naturales de ese país “por el grave peligro que representaba”. Y confirma:

“Según Alain Lebrousse en un estudio para las Naciones Unidas, los únicos países del mundo donde se han utilizado químicos en esta lucha [contra la droga] han sido Colombia y México, pero México finalmente los ha prohibido”.