Competencia fluvial.

Por: Arturo Neira Gómez (1)

Bajamos a la quebrada Quindío o De los Monos. Vamos a jugar con las embarcaciones que cada uno construyó en los ratos de ocio en la carpintería de la finca, convertida días antes de la competencia en un verdadero astillero…

(Quebrada también llamada por los campesinos, hasta mediados del siglo XX, De los Misterios. De ella como del bosque nativo que siempre acompañó su sonoro transcurrir, sólo quedan recuerdos.)

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Ilustración: Fotografía de obra pictórica cedida para la revista virtual Nueva Gaceta por su creador: artista plástico José Ismael Rivera Torres.

Competencia fluvial

Por: Arturo Neira Gómez (1)

Bajamos a la quebrada Quindío o De los Monos. Vamos a jugar con las embarcaciones que cada uno construyó en los ratos de ocio en la carpintería de la finca, convertida días antes de la competencia en un verdadero astillero.

Los navíos han sido fabricados con maguey, corcho, balso, bambú y otras maderas y elementos livianos. Fueron soñados con piloto y hasta tripulación incorporada; algunos con capota, puente de mando o incluso con camarotes y ojos de buey; otros muy ligeros en forma de voladoras y con complicados diseños, vistosos colores y bellas decoraciones; también simulando portaaviones o hasta con cañones y radares apuntando a las playas y al cielo.

Al llegar al riachuelo se revisa y prepara el recorrido, librándolo de hojas, ramas y palos. Cuando la corriente desemboca en pozos o remolinos, donde los navegantes podrían quedar atrapados, con piedras y troncos desviamos el curso para impedir en lo posible el encallamiento; y en trayectos insalvables, abriendo ramales mediante la construcción de diques o colocando canales de guadua.

Antes de dar inicio al evento, en la meta de salida, los participantes conversan abiertamente haciendo precisiones sobre las reglas de juego y, de acuerdo a la experiencia, innovando sobre las mismas. Así, por ejemplo: puede ayudarse al navío varado sólo cuando lo sobrepase el último, se nombran jueces de carrera, las naves llevarán un número, un nombre y una divisa, determinación de puntaje adicional para las metas volantes, la inscripción tiene un precio y se crean premios por modalidad: individual, por astillero, diseño y decoración.

Y por último, los jueces de carrera verifican la señalización de la ruta, compuesta de símbolos y anuncios sencillos estampados en banderines de colores clavados sobre boyas o izados en varas de caña brava enterradas en el cauce.

Al fin arranca la competencia en un recorrido aproximado de un kilómetro y medio, con pasos de todo tipo por los que cada embarcación transita a velocidades disímiles según sus características. Rápidos, lugares donde es notorio el influjo de varias corrientes, playas arenosas y soleadas, ensenadas boscosas…

Avanzan por un remanso espacioso. Hay una flotilla de santas de la Prudential Grace Line, también un buque filibustero como los de Sir Francis Drakes con su insignia siniestra, naves vikingas de los albores de la civilización, una piragua que imaginamos parecida a la de Guillermo Cubillos, dos cañoneras de nombres Caldas y Libertador, tres chalupas muy rápidas, la Hispaniola de propiedad del caballero Trelawney (de La Isla del Tesoro), y una goleta de la Casa Morrel (la misma de la novela El Conde de Montecristo), a la que ella y yo representamos.

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(1) Psicólogo. Ofrece a los lectores de la revista virtual Nueva Gaceta este cuento, publicado en el periódico Tunja Cultural, número 07, diciembre de 2010, y en su libro de poesía y memoria En la Noche: Desarraigo, Calandayma y otros textos, Colibrí Ediciones 2014, páginas 86 a 88.

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