Bella y heroica.

Por: Mauricio Vargas Gonzalez

Fueron desplazados por los cañones humeantes. No fue un viaje fácil, el recorrido estuvo preñado de peligro inminente, el minotauro de la guerra los acechaba a cada paso, en los caminos, las vías, montañas, ríos, valles, veredas, hogares, en sus cabezas, en cualquier lugar, secuestrándolos y sometiéndolos a un terrible cautiverio. Cercados en un gigantesco laberinto de sangre, venganza y motosierra. Una fatalidad que aparece como ineludible los atrapa, si el sacrificio no lo cumple una generación, entonces lo paga la próxima. Años después sus hijos se preguntan ¿No nacimos pa’ semilla?

Campesinos humildes y laboriosos, lentos para hablar y hacer, pacientes con los ciclos, bondadosos con su entorno. Trabajan la tierra con cuerpo y alma en una simbiosis creadora de vida. Sorprende la infinita gratitud con que adoran y le cantan a las plantas, las flores, el Sol y la Luna, a la brisa y la lluvia. El sudor fertiliza la tierra con esperanza. La sensibilidad se exalta cuando de ese suelo acariciado brotan frutos para continuar soñando.

En la ciudad, las únicas puertas abiertas que hallaron fueron las comunas, las barriadas populares. Pero los habitantes de estos territorios, antes trabajadores de una extinta industria nacional, ya padecían las necesidades y precariedades más apremiantes como masas urbanas empobrecidas en tierra de nadie. Campo de batalla de pandillas, bandas, combos, milicias, bloques, etcétera. El largo brazo del minotauro los continúa envolviendo.

La guerra es glifosato que erradica todo a su paso, letal para personas, animales, plantas, insectos y todo ser vivo. Veneno cuyos usufructuarios, señores de la guerra, terratenientes y mafiosos, se empeñan en darnos de beber cual brebaje milagroso para los males del Colombia. Su voracidad química infiltra economía, política, cultura, los distintos organismos y extremidades de la sociedad. Su espiral demoníaco invierte los valores, mutila las instituciones, degrada la existencia y corroe células e intersticios sin piedad. Al victimario le erigen un monumento y le fabrican telenovelas, a la víctima la señalan y marginan con sorna. El tal conflicto armado, es más bien una tenebrosa maldición.

Templados como acero en el trabajo arduo, se abrían camino arriba, como si quisieran devorar la montaña. No hay más límites que las galaxias para su voluntad de fuego. Esas calles empinadas, cruces e intersecciones, rutas y callejones, esconden una maraña de relaciones solidarias, de amistad, camaradería, de resistencia. Enfrentan la desgracia y la violencia con dignidad, allanan el camino de la dificultad con la firmeza de mil herraduras.

Puedo escuchar una fuerza colosal que crece con la hierba, que emerge. Un aroma flota ya en el ambiente. Cenizas recorren las cuatro esquinas de nuestro país con los Vientos del Sur anunciando un despertar volcánico. Las nubes exhiben una calma que anuncia tempestad. Pronto, muy pronto, las palomas blancas volarán fuera de la caverna, ya no hay quien las detenga.

Hermanamos nuestras empatías y transitamos un sendero escarpado y difícil, fuertemente cogidos de la mano, rodeados y marchando bajo fuego, indetenibles, indestructibles, hacia una bella y heroica victoria: La PAZ de Colombia.