ARDE EL PLANETA

Por: Arturo Cancino Cadena

“Si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente”, concluía Eric Hobsbawm en el párrafo final de su extraordinario libro sobre la historia del siglo XX (1998: 576). Se refería al problema del cambio climático y la anunciada catástrofe ecológica que hoy empieza a cumplirse. Así mismo, a los agudos conflictos por la creciente desigualdad social y el abismo entre países ricos y pobres que el reinado del neoliberalismo a partir de las dos últimas décadas del siglo pasado ha llevado a extremos insospechados.

Ambos fenómenos, resultantes de un capitalismo desregulado y voraz, conducen a crisis mundiales paralelas – la ambiental y la social -- difíciles de afrontar por un sistema internacional dominado por Estados Unidos y un puñado de grandes Estados, hoy al servicio de la oligarquía financiera transnacional.

Cuando los numerosos críticos de la inacción y “falta de liderazgo” de los gobernantes denuncian su renuencia a tomar medidas efectivas y su grave culpa en el avance hacia el desastre ambiental, están en realidad aludiendo a su rol de mero colaborador de las plutocracias capitalistas, que es el que asigna al Estado la nueva religión del mercado al proscribir el intervencionismo estatal y la redistribución del ingreso. Pero al mismo tiempo, la situación es esencialmente resultado del dominio sobre la sociedad civil de agentes de las élites rentistas más poderosas que han logrado con múltiples engaños presentarse como voceros del interés nacional en sus respectivos países y usurpar la representación popular en las instituciones públicas. Lo anterior deriva en la crisis política de la democracia representativa: Democracias confiscadas, defraudadas, en palabras de Pierre Rosanvallon, impotentes ante la “mundialización de la desigualdad” (La Nación; 11-01-2020).

Como en los bosques de muchos países, también en las calles arde el planeta. Hoy somos testigos de crecientes manifestaciones de protesta de la sociedad civil en todo el mundo contra los promotores de este orden inequitativo y depredador. Desde Oriente Medio y África, hasta América Latina, pasando por Francia, las multitudes rechazan las políticas de los gobiernos que despojan a los pueblos de sus derechos sociales, fomentan la corrupción y el daño ambiental e insisten en aumentar los privilegios obscenos del 1% de los individuos superricos que acaparan la riqueza creada por la población trabajadora. En Colombia, el
estudio reciente de Garay y Espitia (2019) muestra que estos privilegiados pagan menos impuestos que todos, no más del 1,8% de sus ingresos, pero sus negocios se benefician desproporcionadamente de los bienes públicos construidos con la contribución del 99% restante. Ya muchos analistas hoy concuerdan con Hobsbawm en que el problema actual del mundo “no es cómo multiplicar la riqueza de las naciones sino cómo distribuirla en beneficio de sus habitantes” (1998: 569).

En Australia, víctima de los devastadores incendios causados por el calentamiento global, los ciudadanos han rechazado la conducta irresponsable de su gobierno que promueve la minería del carbón y otros lucrativos negocios privados contaminantes, sacrificando el compromiso con el cuidado del medio ambiente y el interés público. Al igual que Scott Morrinson allá, el negacionismo del calentamiento global por parte de algunos de los gobernantes más poderosos, como Trump en Estados Unidos o Bolsonaro en Brasil, no se explica por la estupidez de estos personajes; sus palabras no son más que excusas para la
defensa a ultranza del interés privado frente al interés público. Es el mismo origen de las políticas fiscales regresivas o el deterioro de los salarios reales y el recorte a la seguridad social que aplican los gobiernos con aval del FMI en muchos países de todas las latitudes.

Se destaca en todo esto como factor común la visión del fundamentalismo del mercado, funcional a los grandes capitales, que tales gobiernos convierten en política pública a favor de los más poderosos intereses económicos. La movilización social y la protesta sólo dirimen su pleito con estos gobiernos en el campo político, es decir, el del manejo del Estado y sus leyes y normas. Se entiende por tanto que para tener la capacidad de afrontar en forma plena y efectiva la doble crisis social y ambiental, es necesario que la rebelión que se expresa en la protesta social promueva más gobiernos democráticos y progresistas que accedan al control del Estado y puedan convertirlo en instrumento activo para proteger la naturaleza y disminuir la desigualdad social. De igual forma, gobiernos que actúen con independencia en su política exterior para reducir el desequilibrio entre países pobres y ricos. Por fortuna, hay alentadores indicios de que en muchos países los pueblos marchan con mayor determinación en esa dirección.

Referencias:

Garay, Luis Jorge y Jorge Enrique Espitia (2019). Dinámica de las desigualdades en Colombia: en torno a la economía política en los ámbitos socioeconómico, tributario y territorial. Ediciones Desde Abajo, Bogotá

Hobsbawm, Eric (1998). Historia del siglo XX. Editorial Crítica, Barcelona

Rosanvallon, Pierre. Entrevista con Astrid Pikielny, enero 11 de 2020, diario La Nación, Argentina