Saló: La cuarentena de los billonarios

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

Por: Sergio Moravia (*)

Una de las películas más controvertidas en la historia del cine es Saló, o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975), basada en la novela Las 120 jornadas de Sodoma o la escuela de libertinaje (Marqués de Sade, 1785).

El argumento de la película calca en buena medida a la novela, y tiene varias capas argumentales. La más externa nos cuentan que cuatro hombres que representan el poder (en la película el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado) se reúnen en un castillo poco menos que inaccesible para el común del pueblo, para casar a la hija de cada uno de ellos con alguno de los potentados, en medio de las más desenfrenadas explosiones de placer y de dolor derivadas del hecho de ejercerlas sobre un grupo de personas puestas en estado de indefensión. En la película el hecho acontece en medio de la II Guerra Mundial y los poderosos se escoden en el castillo mientras pasa la conflagración. Los humillados son campesinos y obreros capturados por el ejército alemán y puesto a disposición de los cuatro potentados italianos para la celebración de la boda. El libro fue escrito poco antes de la Revolución Francesa.

Hay muchos otros niveles o subtemas en el argumento, pero con este primero y más evidente podemos hacer un símil de la película con las condiciones actuales de la cuarentena derivada del covid-19.

Ante todo poner de presente que la cuarentena, es decir el aislamiento obligatorio (impuesto por el covid-19 o por la Guerra), no afecta de la misma manera a toda la sociedad. Los Cuatro Poderes pueden continuar con su vida de solaz y placer pues tienen garantizada su condición de vida gracias al poder económico, político e ideológico que tienen y del cual derivan su estabilidad y estatus social. A pesar de estar en medio de la II Guerra Mundial los contertulios están seguros de que su castillo es inexpugnable por las fuerzas enemigas. Pero podían haberse ido para Norte América, Argentina o Brasil, como en efecto lo hicieron muchos millonarios europeos durante la conflagración para ponerse a salvo.

En cambio las mujeres y hombres que van a ser vejados no pudieron tener cuarentena pues la lucha misma, la guerra de resistencia contra el invasor, fue la causa por la cual cayeron presos y ahora deben atenerse a los más bajos deseos e instintos de sus captores, quienes tienen en sus manos sus vidas y quienes saben que su suerte no estará atada a lo que hagan o dejen de hacer en el castillo a merced de sus captores sino que está determinada por lo que hicieron antes de ser capturados. Es la lucha feroz desatada por quienes detentan el poder.

En sus escritos sobre la alienación del individuo por el capitalismo Marx enseña que una parte de ella se origina en la posibilidad que tiene el capital de convertir todo lo que toca en mercancía, de manera que su adquisición ya no depende de cualquier otra circunstancia diferente a poseer la riqueza necesaria. El caso de moda de depravación de los Cuatro Poderes está en la historia de Jeffrey Epstein y las orgías que organizaba en una isla del Caribe con adolescentes llevadas a través de engaños y señuelos monetarios. Del viejo amor caballeresco buscado a través del arpa y la flecha que recuerda Federico Engels referido al medioevo, se salta a la del magnate que tiene su propia isla, sus propios aviones y su propia corte representada por el Duke de York, hijo dilecto de la Reina inglesa que acaba de orquestar el robo del oro al gobierno legítimo de Venezuela, el de Maduro. Pareciera un guion forzado, con exceso de creatividad del autor, pero no, ahí está el Duque y, parece, que hasta el ex Presidente.

Causa estupor en el argumento del libro y de la película que los cuatro vejetes organicen la orgía para casar a sus respectivas hijas con uno de ellos. Pero cuando se mira lo que ocurre en otros escenarios diferentes a Saló se observa que esa costumbre heredada de la edad media de casar a la hija con alguien de las misma alcurnia para evitar que la riqueza y el poder se diluyan y en cambio sí se concentren, revive en esta época de decadencia de la burguesía. Mirando los lazos matrimoniales tendidos entre las cuatro o cinco familias más adineradas del país se corrobora lo dicho. Y si se trata de los nuevos ricos, también se observa, como ocurre entre los clanes que manejan por ejemplo el poder político y económico en el Caribe o Antioquia. O los más nuevos empiezan a tejer la red, o si no que lo diga el hecho de que el fiscal es jefe inmediato de la esposa del contralor general quien a su turno lo es de la esposa del fiscal.

En el caso de Epstein el alcahueta, nada menos que su exnovia, actuaba como intermediaria para intentar satisfacer con el dinero lo que ni el arpa ni la flecha le deparará a su exnovio.

Saló es la historia de la corrupción y desafueros de los billonarios en su último estertor antes de que la guerra termine por arrasarlos a ellos también. Epstein dio con sus huesos en la cárcel, y allí misteriosamente apareció muerto, sospechándose de la mano larga de alguno de los Cuatro Poderes.

Esta crónica la escribo cuando el país llega a cien días de cuarentena, digamos que simbólica pues los billonarios siguen viajando a sus anchas por el mundo gracias a que tienen sus aviones, yates y carros blindados y con pasaporte extendido por su mejor amigo, mientras que la pobrería es lanzada a la calle por esa especie de guerra en que se convirtió la diaria supervivencia de los que no tienen nada.

Saló es la radiografía de la cuarentena de los billonarios. Sé que es una de las películas más difíciles de ver en el mundo del séptimo arte y esta crónica busca dar una pista para verla y entenderla.


(*) Experto crítico de cine

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