Vivir juntas y juntos en la escuela: un reto entre géneros y generaciones (Primera parte)

Por: Celeny Alejandra Ocampo Ocampo.

Resumen. Este artículo pretende generar una conversación entre las categorías convivencia escolar y género en el espacio educativo desde una perspectiva decolonial, estará dividido en cuatro apartados: en el primero, El género como construcción cultural, se realiza un acercamiento a esta categoría y a algunas perspectivas desde las que se ha abordado. En el segundo, Entre lo femenino y lo masculino en la escuela, se llevará a cabo una exploración para esclarecer la forma en que este espacio de socialización se convierte en una de las principales instancias de apropiación de género, desde la presencia de diversos dispositivos pedagógicos. Ya el tercero, Con-vivir en la escuela: una opción ética y política, estará centrado en la forma en que tradicionalmente se entiende la convivencia en el espacio educativo, contrastándola con otra perspectiva desde un enfoque ético y político. Por último, en la sección denominada Nuevas apuestas para la escuela de hoy, se pretende realizar una inferencia sobre la relación de los apartados anteriores, contextualizándolos a la realidad local, a la vez que se intenta generar reflexiones que posibiliten nuevos interrogantes, orientados a desarrollar propuestas que permitan una convivencia escolar con mirada de género y en la que el conflicto no sea visto como un espacio negativo, sino el principal escenario en el que nuevas formas de convivencia pueden emerger.

Palabras claves: Convivencia escolar, género, escuela, jóvenes

Introducción

¿Qué otra cosa podríamos hacer
sino poner en cuestión los modos de relación
que habitamos y que nos habitan?

Carlos Skliar

Aceptando la invitación y cuestionándome de la mano de Skliar, me surgen los siguientes interrogantes: ¿Será que la estructura biológica determina nuestro accionar en el mundo? ¿Cómo nos construimos hombres y mujeres en la cotidianidad de la escuela? ¿Es posible en ese espacio de socialización una convivencia ética en la que prime el reconocimiento del otro y de la otra? ¿Cómo des-sujetarnos de aquellas formas socialmente determinadas que pretenden nuestra homogenización?

Este artículo pretende abordar asuntos que permitan el acercamiento a posibles respuestas a las cuestiones antes planteadas, pero es de aclarar, que en ningún momento intenta generar verdades absolutas, porque en estos temas las posibilidades son tan amplias como el lenguaje y lo humano lo permiten. Para este acercamiento, convocaré diversas miradas latinoamericanas enfocadas en los estudios decoloniales que, siguiendo a Boaventura de Sousa Santos (2010), implica atender a las “epistemologías del Sur” , que posibilitan ver cómo emergen desde el Sur –físico y simbólico-, nuevas formas de leer la realidad con ojos contextualizados, más allá de la mirada eurocéntrica, binaria y heteronormativa, centrada en los saberes occidentales. Perspectiva, que va en contravía de la enseñanza que todavía se imparte en muchas -por no decir que todas- las escuelas de colombianas, debido a que continúa existiendo una mirada única, asociada a la lógica dicotómica: femenino vs masculino, bueno vs malo, norte vs sur, blanco vs negro; que ha influido en la mirada monocultural de la escuela, de las vivencias que allí se presentan y que incide negativamente en la asimilación de nuevas formas de conocimiento, que permitan ver el género como un constructo social, y la socialización política como la posibilidad de la vivencia del entre nos arentdiano con su potencial transformador, en la construcción de una sociedad pluralista y di-versa en las instituciones educativas.

Surge de la investigación “Acontecimientos biográficos de estudiantes con dificultades de convivencia”, que resultó del interés por realizar un acercamiento a la comprensión de las vivencias de mujeres y hombres jóvenes, que han logrado hacer cambios en su forma de habitar la escuela. Así, los significados de estos acontecimientos, que se convierten en puntos de quiebre e instauran una nueva forma de afrontar los avatares de la vida, así como la vinculación a uno de los géneros, parten de ser una construcción personal, pero mediada por asuntos históricos, familiares, culturales, sociales y políticos, que son los que van moldeando la construcción de la experiencia de sí(3) , como lo afirma Botero (s.f.) retomando a Arendt, “Las biografías personales y colectivas se construyen en un mundo que ha comenzado antes del nacimiento y que seguirá existiendo aún después de la muerte” (p. 3). Dicha configuración, que se va realizando a partir de las experiencias de cada uno y cada una en su entorno cultural, nos lleva a pensar la escuela como uno de los principales escenarios de socialización y construcción política y de género, en donde existe desde el currículo oficial y más aún desde el currículo oculto(4) , unos determinados saberes que incluyen la forma en que se debe convivir en sus espacios, así como lo que implica estar adscrito al género femenino o masculino, y en este sentido lo que posibilita y espera de cada uno y cada una.

Es importante aclarar que desde las perspectivas decoloniales la identidad no es algo fijo, sino que existen diversas prácticas de existencia que intentan romper con aquello normatizado y se están planteando la posibilidad de entender, que asumirse como hombre o mujer no es la única opción, por ello, aparecen en la escuela identidades no heteronormativas que se salen de la matriz tradicional que rige dicho espacio. Pero considerando que aún en la actualidad es en la lógica bimodal en la que se mueve la escuela, me centraré allí para develar las prácticas sexistas presentes en la convivencia escolar.

1. El género como construcción cultural

La diferenciación de género se ha fundamentado en las características aprehendidas en las vivencias cotidianas, en la filogénesis de siglos de evolución y en el constructo cultural que ha determinado las maneras de ser mujer u hombre, las cuales son asimiladas y modificadas según el momento histórico específico. Como menciona María Cristina Palacio (1999) retomando a Simone de Beauvoir en su conocida frase “No se nace mujer, se hace” (p. 167), podría afirmarse que el ser biológicamente hombre o mujer, no establece en sí mismo unos roles diferenciales, ni unas valoraciones jerárquicas asignadas; sino que por el contrario está determinado por la construcción social y simbólica que se asigne a cada uno de los sexos, es decir, mientras las diferencias de sexo son biológicas , las de género son dinámicas y se transforman de acuerdo con el desarrollo de cada sociedad, determinando el ser, el hacer y las formas de relación entre unas y otros. Según Marcela Lagarde:

      El género es más que una categoría, es una teoría amplia que abarca categorías, hipótesis, interpretaciones y conocimientos relativos al conjunto de fenómenos históricos construidos en torno al sexo. El género está presente en el mundo, en las sociedades, en los sujetos sociales, en sus relaciones, en la política y en la cultura. El género es la categoría correspondiente al orden sociocultural configurado sobre la base de la sexualidad. (1996, p. 11)

El género como categoría estratégica para leer el mundo, se encuentra actualmente en discusión; pero es en las vivencias cotidianas donde constantemente estamos creando y recreando las posturas tradicionales acerca de lo que es “propio” para las mujeres y para los hombres, desde posturas muchas veces acríticas, que posibilitan la continuación de creencias tales, que llevan a ver lo femenino y lo masculino como atributos específicos e invariables dados por el sexo con el que se nace. Ideologías que se construyen desde diversos dispositivos pedagógicos(6) , incluidos los de género, que según el proyecto Arco iris(7) son “mecanismos complejos de poder mediante los cuales se modelan y sostienen unas prácticas de producción de los géneros” (Estrada, 2004, p.88), sustentados en mecanismos como la naturalización, esencialización y objetivación; que según Darío Muñoz (2004), “constituyen un dispositivo que provoca el entrampamiento de los imaginarios de género en categorías con pretensión de "realidad natural" (p. 98), que se han asentado en lo cultural, no siempre son manifiestos, sino que soterradamente aparecen en la interacción social.

Esta postura tradicional en la que la cultura suramericana se ha forjado, viene de siglos de reconfiguración continua, y parte no sólo desde la llegada de los colonos en 1492, sino siglos antes, pues varias de las culturas establecidas en América antes de la primacía de occidente, también estaban asentadas en posturas androcéntricas. Lo anterior, lleva a reflexionar en el arduo trabajo que desde las posturas decoloniales mujeres y hombres deben continuar realizando, para descolocar los discursos monoculturales, generar cambios y fortalecer posturas no patriarcales, como la del feminismo y la de las masculinidades alternativas, que posibilitan una mirada crítica a lo tradicional, a la vez que permiten desnaturalizar verdades otrora inquebrantables, que han sido la fuente de múltiples desigualdades históricas en los ámbitos personales, familiares, sociales, económicos y culturales. Pilares que ahora diversos movimientos mundiales vienen desestabilizando y deconstruyendo desde sus raíces más profundas, debido a que es allí donde se encuentran, se recrean y permanecen encubiertas las grandes inequidades en las que se ha forjado el género humano. “En consecuencia, es tiempo de aprender a liberarnos del espejo eurocéntrico donde nuestra imagen es siempre, necesariamente, distorsionada. Es tiempo, en fin, de dejar de ser lo que no somos”. (Quijano, 2000, p: 242)

El feminismo a partir de sus luchas históricas, ha permitido develar el horizonte y visibilizar las brechas de desigualdad en las que la mujer ha llevado la peor parte; se le han desconocido múltiples derechos humanos, y se ha colonizado su cuerpo y sus emociones con posturas naturalizantes de desventajas físicas, cognitivas y de acción, que han incidido negativamente en el desarrollo de la sociedad, que al tener una mirada que privilegia lo considerado masculino, sobre lo femenino, ha escrito una historia “oficial” que ha escondido y satanizado la visión de las mujeres; pero que en esas pequeñas brechas que ha dejado, es desde donde ellas han gestado propuestas innovadoras de cambio, como por ejemplo, el posicionamiento en las agendas públicas de los enfoques de género, con los que se ha buscado que desde los espacios cotidianos hasta los de definición de políticas gubernamentales, se logre problematizar los constructos tradicionales y se develen desde allí las desigualdades históricas y las necesidades específicas de unas y otros en los diversos espacios de socialización. Motivados por estos grupos de mujeres feministas, surge desde hace algunas décadas atrás, el interés de hombres que también se han sentido afectados por un sistema patriarcal, que los ha separado del ámbito privado de sus emociones y ha buscado convertirlos en autómatas destinados a la producción y a la reproducción. Como resultado, empiezan a visibilizarse posturas de hombres anti-patriarcales, que según Javier Omar Ruiz, son apuestas políticas por una masculinidad diferente, que se vienen denominando de diversas formas: nuevas masculinidades, masculinidades alternativas, masculinidades liberadoras y masculinidades libertarias (Ruiz, 2013); todas ellas, con un objetivo en común, que es mostrar que no quieren seguir recreando un sistema que se ha sustentado en un poder patriarcal, que tanto daño le ha hecho a las mujeres y a los hombres.

Movimientos como los antes mencionados, principalmente los feministas, han promovido que en diversos espacios se empiece a dialectizar sobre nuevas posibilidades de interacción social. Los enfoques de género, como banderas de las teorías feministas, han sido una de las puertas de entrada que ha posibilitado dirigir miradas sociales y políticas hacia las necesidades y vivencias específicas de las mujeres y hombres, al problematizar el lenguaje y por ende un accionar histórico centrado unívocamente en el androcentrismo como referente desde el que se leía y entendía lo humano. Debido a lo anterior, y a que en algunas instancias sociales el enfoque de género ha sido asociado únicamente a las mujeres, escindiéndolo de su contenido relacional que incluye también a los hombres, existen hoy diversas tendencias y apuestas políticas desde el sur que se suman a precisar esta categoría, una de ellas denominándola Perspectiva Relacional de Género, que para Javier Omar Ruiz:

      Implica abrir el campo al trabajo con los hombres y hacer referencia a que necesariamente se deben leer las masculinidades en relación directa con las feminidades, ya que los cambios en uno de los géneros quedan a medio camino si es que (sic) el otro no se moviliza hacia el mismo horizonte. (2013, p.41)

Una postura que se dirige a volver la vista a las necesidades y realidades específicas de mujeres y hombres, que deben ser desenmascaradas y atendidas diferencialmente, porque en la sociedad sexista actual esto se ha hecho a medias.

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1) Trabajadora Social de la Universidad de Antioquia y Magíster en Educación y Desarrollo Humano CINDE – Universidad de Manizales

2) Afirma este autor que una epistemología del Sur “es el reclamo de nuevos procesos de producción y de valoración de conocimientos válidos, científicos y no-científicos, y de nuevas relaciones entre diferentes tipos de conocimien¬to, a partir de las prácticas de las clases y grupos sociales que han sufrido de manera sistemática, las injustas desigualdades y las discriminaciones causadas por el capitalismo y por el colonialismo. Es por eso un Sur anticapitalista, anticolonial y antiimperialista” (de Sousa Santos, 2010, p. 43)

3) Perspectiva desarrollada por Jorge Larrosa retomando a Michel Foucault en su texto Escuela, poder y subjetivación.

4) Aquellos aprendizajes que, aunque no están incluidos en el currículo formal, subyacen a la práctica educativa, y aunque la escuela trata de negarlos es imposible contenerlos, debido a que hacen parte de la vivencia cotidiana de la cultura en la que está inserta. (Notas personales de la jornada académica llevada a cabo en el CINDE el 24 de septiembre de 2013, con el doctor en educación Carlos Calvo Muñoz, Universidad la Serena, Chile).

5) Marcela Lagarde, retomado a Seyla Benhabib, problematiza también este concepto, al afirmar que el término sexo no es algo meramente biológico, sino que también es una construcción que se realiza, al afirmar que “la diferencia sexual no es meramente un hecho anatómico, pues la construcción e interpretación de la diferencia anatómica es ella misma un proceso histórico y social. Que el varón y la hembra de la especie difieren es un hecho, pero es un hecho también siempre construido socialmente. La identidad sexual es un aspecto de la identidad de género, (…) la sexualidad misma es una diferencia construida culturalmente” (Lagarde, 1996, p.11); asimismo, en otro de sus textos, esta autora manifiesta que “el género es una categoría que abarca efectivamente lo biológico, pero es, además, una categoría bio-socio-psico-econo-político-cultural. La categoría género analiza la síntesis histórica que se da entre lo biológico, lo económico, lo social, lo jurídico, lo político, lo psicológico, lo cultural; implica al sexo, pero no agota ahí sus explicaciones”. (Lagarde, s.f., p. 3)

6) Para Jorge Larrosa (1995) un dispositivo pedagógico es “cualquier lugar en el que se constituye o se transforma la experiencia de sí. Cualquier lugar en el que se aprenden o se modifiquen las relaciones que el sujeto establece consigo mismo” (p. 290), expone además que son aquellos mecanismos que “regulan la vida social y que permiten juzgar, normalizar y encauzar a los individuos”. (Larrosa, 1995, p. 317)

7) El proyecto Arco iris, es un estudio desarrollado en instituciones educativas públicas y privadas de Bogotá a principios de la década del 2000, cuyo propósito era reconocer los modelos de socialización de género en la escuela e impulsar estrategias para propiciar su transformación.

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Lea la segunda parte en el próximo boletín de Nueva Gaceta

Las referencias bibliográficas se incluirán en la cuarta y última entrega