Virtualidad en tiempos de pandemia

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas*

Sobre el colapso de las sociedades

Si pasamos la Historia por el peine fino, podemos reparar en un hecho contundente, a saber: las sociedades no duran para siempre. A primera vista, esto parece una verdad de Perogrullo. No obstante, no suele ser tan evidente como pareciera. De facto, para la casi totalidad de la humanidad, al punto que jamás han faltado los optimistas que creen con ingenuidad que una sociedad puede durar para eterna memoria. Por ejemplo, los nazis, ingenuos a más no poder, pretendían que su Tercer Reich durase mil años. Pero, una cosa es lo que los humanos decidan y otra bien distinta lo que la naturaleza, merced al imperio de sus leyes, disponga, puesto que el Reich de marras apenas aguantó doce años, de 1933 a 1945.

En fin, ni siquiera los imperios más poderosos han podido escapar a semejante hado, como el otrora poderoso imperio romano, cuya mitad occidental colapsó avanzado el siglo V de nuestra era. Más suerte tuvo su mitad oriental habida cuenta de que duró otros mil años, pero, al final de cuentas, la espléndida Constantinopla cayó en manos de los impíos turcos otomanos en 1453. En el fondo, ¿qué les sucedió a los romanos? En pocas palabras, ellos jamás se plantearon una pregunta como la siguiente: ¿Cómo estará nuestro imperio a 25 o 50 años vista? Es decir, les faltó visión de futuro, eran unos presentistas incorregibles al estar apenas interesados en conquistar nuevos territorios, lo cual terminó por demandarles una cantidad ingente de recursos y un fuerte aparato burocrático para su administración. Por el estilo, imperios como el español y el británico corrieron con similar destino, máxime al haber acometido una empresa descomunal sin contar con los recursos suficientes. En nuestro tiempo, ni siquiera el imperio estadounidense, que parecía no haber cometido errores tales hasta que, como destaca el historiador británico Henry Kamen, cometió el error de Iraq.

Y, claro está, Colombia no podía ser la excepción en materia de falta de visión de futuro, pese a estar, sabe Dios la razón, en el club de las potencias intermedias, aunque su economía no impresiona en modo alguno, algo evidente al no poder su Gobierno surtir a la población siquiera con trapitos de esos que llaman tapabocas. Después de todo, es un país en el que la improvisación es toda una religión, máxime que, como solía señalar Fernando González Ochoa, fino observador de la correspondiente idiosincrasia, los colombianos son alharaquientos y presentistas. De similar manera, Alejandro López señalaba con agudeza la falta de previsión de este país en lo tocante a obras públicas y políticas de Estado. En suma, junto con el resto de países latinoamericanos, no pasa de ser, en el mejor de los casos, un feudalismo de alta tecnología, otro país más con investigación, pero, sin ciencia, una realidad en extremo evidente en estos tiempos de pandemia. En especial, en lo tocante al manejo de la educación en sus diversos niveles, sobre todo porque esta pandemia pilló a los colombianos con los pantalones abajo.

Por doquiera que miremos, salta a la vista que las diversas instituciones educativas, públicas y privadas, han tenido que improvisar en lo que a las modalidades virtuales de la educación concierne. Para colmo, han reducido sobremanera la emergencia respectiva a su mera dimensión instrumental, o sea, a poner en juego ciertas plataformas para aulas virtuales, tales como Zoom, Google Classroom, Microsoft Teams, Facebook Live, Moodle, Skype y otras más. Empero, lo que no se ha visto es la puesta en juego de paradigmas educativos propiamente dichos, una situación de vieja data habida cuenta de que es un talón de Aquiles que, también, ha existido en la educación presencial. En realidad, esto obedece en grado sumo a una invencible pereza mental en las comunidades académicas para aprender tan siquiera los rudimentos de una serie de disciplinas que son parte del universo educativo propiamente dicho, disciplinas propias de las ciencias sociales y humanas, entre las que cabe mencionar la sociología, la antropología, la historia y la filosofía. Pues no, las comunidades de marras, cual parte de los bárbaros modernos identificados en su tiempo por José Ortega y Gasset, suelen gravitar en torno a una empobrecida dimensión instrumental de tres al cuarto. Peor aún, en el seno de algunas corporaciones científicas y culturales locales, comienzo a detectar una actitud comodona mayor al haber quedado restringidas al uso de herramientas como WhatsApp Messenger, o sea, una aplicación de mensajería instantánea para enviar y recibir mensajes, imágenes, textos, audios, videos y otras cosas por el estilo, algo que, ni de lejos, cabe asimilar a verdadera comunicación cara a cara, entendida desde la perspectiva de la antropología filosófica. Más bien, tal aplicación sirve sobre todo para el cotilleo, como ha sido evidente en estos tiempos a propósito de la desinformación sobre la pandemia en curso. En cualquier caso, las redes sociales se han convertido en sinónimo de falta de rigor intelectual las más de las veces, cuestión advertida hace años por el siempre lúcido Umberto Eco.

Así mismo, semejante dimensión instrumental es harto notoria en muchas de las actividades de “capacitación” de emergencia dirigidas al profesorado. Para muestra un botón, en una afamada facultad de ingeniería del noroeste de Medellín han programado, por estos días que corren, unos webinars cuyo contenido no va más allá de plantearse qué y cómo evaluar, cómo hacer cuestionarios, cómo evitar que los estudiantes hagan trampa en exámenes virtuales en Moodle, etcétera. En la misma institución, no ha faltado algún profesor, de cuyo nombre no quiero acordarme y con un ego infantiloide que vuela mucho más allá de la estratosfera, que blasona mediante el correo electrónico institucional por el hecho de haber dejado con nota de cinco algún trabajo que hizo en un curso “virtual” sobre formación por competencias, ofrecido por un instituto de educación en ingeniería, justo un nefasto discurso carente de rigor intelectual y científico según ha hecho ver con suma lucidez el filósofo español José Sánchez Tortosa. Así las cosas, estamos moliendo con yeguas en las actuales circunstancias. Al fin y al cabo, los nombres rimbombantes como el de instituto para esto o aquello terminan por contraponer términos, algo por el estilo de televisión educativa, sexo seguro, burocracia progresista e información militar.

Hacia la recuperación del logos

Por fortuna, no todo es un cúmulo de malas noticias, puesto que se han visto concepciones mejores, más acertadas, acerca de cómo abordar esta emergencia en lo tocante a la educación virtual. Eso sí, como cabe imaginar, por fuera de este país. Tal es el caso de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC), una institución española con una amplia experiencia desde sus inicios en lo relativo a educación virtual. En la misma, con motivo de esta pandemia, bajo la denominación de “docencia no presencial de emergencia”, han echado a andar desde hace varias semanas un conjunto llamativo y oportuno de webinars dirigidos a los docentes de los países hispanos, cuyo fin responde a tratar de orientarlos para capear este temporal inesperado. He aquí la presentación correspondiente en la página de la UOC (https://www.uoc.edu/portal/es/coronavirus/index.html): “Seminarios en línea, MOOC y otras iniciativas para acompañar a las universidades y los docentes de secundaria en la realización de la actividad docente en línea debido al cierre del espacio educativo presencial por el coronavirus”. Por supuesto, una denominación como “docencia no presencial de emergencia” sugiere a las claras que este tipo de medidas todavía no hace las veces de sucedáneo para una educación de índole virtual, pues, como lo dije más arriba, es menester contar con algún paradigma pedagógico que la articule, que haga las veces de columna vertebral al respecto, un requisito que exige razonar, reflexionar y actuar en conformidad con el modo científico de entender el mundo, un modo que brilla por su ausencia en nuestras universidades y demás instituciones educativas, tan neoliberales. Al fin de cuentas, la historia de la ciencia es la historia de las buenas preguntas. Y los neoliberales pretenden ofrecernos “buenas” respuestas al haber reducido la ciencia de la economía a un catecismo camandulero de tres al cuarto.

Por añadidura, la desorientación de la mayoría de los docentes en medio de esta pandemia va de la mano con un rasgo que suele destacarse por aquí, por allá y por acullá. En concreto, se trata de que el cambio repentino de la docencia presencial a su modalidad no presencial de emergencia ha doblado la duración de la jornada docente, lo que significa que muchos docentes suelen mostrar hoy por hoy signos de fatiga y estrés, como, por ejemplo, lo destacó hace poco Omar Flórez Vélez, ex alcalde de Medellín, en una columna de prensa. Y, de manera complementaria, tampoco ha faltado la fatiga y el estrés entre los estudiantes, algo que suelen manifestar, entre otros síntomas, con la nostalgia que experimentan por volver a estar en los campus universitarios. Hace poco, un profesor de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia remitió por el correo electrónico institucional un texto con testimonios de estudiantes norteamericanos a este respecto, del cual forma parte el siguiente pasaje significativo: “Esta situación ha cambiado el aprendizaje presencial al aprendizaje virtual. El último estilo de aprendizaje ha eliminado la calidad del aprendizaje y la motivación. YY, otra estudiante de último año, me dio sus impresiones sobre esta situación: “El aprendizaje virtual definitivamente ha afectado mi aprendizaje porque me falta compromiso con la clase y mis compañeros; el aprendizaje virtual es muy monótono. A pesar de que mis amigos y yo estamos conectados a la Internet, no nos vemos, no podemos hablar entre nosotros, simplemente vemos al maestro presentando el tema central. Si hablamos solo por un segundo, también es muy difícil porque es otro de los muchos distractores que tenemos en nuestra base en estos días. Nuestros teléfonos celulares, que siempre están a nuestro lado, son nuestros distractores número uno. También, podemos distraernos con nuestras computadoras navegando de manera inadecuada mientras escuchamos al maestro, por lo tanto, volver a la esencia del asunto ha sido muy difícil”. En suma, se ha perdido así la indispensable interacción cara a cara, consustancial al acto educativo como tal. Y concluyen estos testimonios como sigue: “¿Los estudiantes realmente quieren este tipo de educación? ¿Cambiará el futuro de la educación del aprendizaje presencial al aprendizaje virtual? ¿La esencia del aprendizaje estará reemplazada por la tecnología hasta el punto en que el conocimiento y la curiosidad humana solo provengan de la interacción con las máquinas? ¿El distanciamiento social está alejando la creatividad del aprendizaje? Nunca pensé que el aprendizaje virtual me haría extrañar el aprendizaje cara a cara. Nunca te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes”. En fin, es bastante tarde para lamentarse por la leche derramada.

Es fácil corroborar lo previo si, como docentes, interpretamos el papel de estudiantes. Hace poco, en Coursera, una llamativa plataforma de educación virtual surgida en 2011 merced a la Universidad de Stanford con el fin de brindar una oferta de educación masiva a la población, tomé un curso sobre pensamiento científico ofrecido por la Universidad Nacional Autónoma de México, en el cual estaban matriculados unos 93.000 estudiantes. Así las cosas, la interacción cara a cara queda reducida a cero por completo, pues, todo se reduce a ver videos, muy buenos, debo decirlo; llenar cuestionarios; participar en foros en la Red; redactar algunos ensayos, que no los califica el docente “a cargo” del curso; y calificar los trabajos de algunos “pares” que no suelen redactar bien, lo que implica que la palabra “paridad” reclama a gritos borrón y cuenta nueva para que recupere la fuerza transformadora de la realidad que alguna vez tuvo. En todo caso, concluí dicho curso bastante bien pese a semejantes talones de Aquiles. En fin, esto es la educación virtual, una educación de supermercado, en la que no cuentas como persona, sino como ente abstracto y desencarnado en la Red, en la Matrix. Solo falta que entre en acción el tenebroso agente Smith. Por ende, entiendo testimonios como los antedichos y que reflejan la improvisación propia de esta “virtualidad”, típica de universidades e instituciones neoliberales, convertidas en vulgares zocos que no tienen la menor idea de lo que es el logos.

Así las cosas, se impone con naturalidad la siguiente pregunta, pertinente porque esta pandemia pinta para largo: ¿Será acaso posible aquilatar una educación no presencial de emergencia, de suerte que entre en juego la indispensable formación propia del acto educativo? De momento, no contamos con una respuesta certera y definitiva por lo que la única opción que tenemos es acudir al modo científico de entender el mundo, el buen pensar a la científica. De entrada, de la historia misma de la educación, contamos con una pista valiosa aportada por Iván Illich, el crítico más lúcido de las contradicciones de las sociedades industriales. En concreto, se trata de la advertencia hecha por él en cuanto a que la mayor parte de la historia humana es la historia del homo educandus, la que transcurrió durante milenios y milenios en el seno de las comunidades, mucho más extensa que la historia de la educación, puesto que ésta apenas abarca los últimos cuatro siglos. En otras palabras, estos cuatro siglos pasados son los de la historia de la educación escolarizada conforme a los intereses del capitalismo, esto es, el tipo de educación que emascula la autonomía de los seres humanos, su logos. Así, la buena educación tiene entre sus características la del fomento de la autonomía, pues, los individuos heterónomos son incapaces de actuar éticamente. Ahora bien, lo que suele verse últimamente con la educación no presencial de emergencia es una avalancha de formatos y cuestionarios para llenar, documentos para leer, vídeos y vídeos para mirar, etcétera, todo escogido las más de las veces por el monopolio radical de los expertos institucionales y para llevar a cabo en un contexto de arresto domiciliario mal disimulado, sin participación de los estudiantes, por lo que aquí la idea de autonomía es harto evanescente. Por supuesto, esto riñe con la autonomía propia de la autodidaxis al no devolverle el logos al ser humano.

Cosa curiosa por decir lo menos, hay una gran ironía en lo tocante a las novísimas tecnologías de la información y la comunicación sobre las que está asentada la virtualidad en boga, pues, se supone que dizque brindan una comunicación multicanal. No obstante, mucho antes del advenimiento de las mismas, con base en la televisión con una transferencia de información monocanal, ya existían opciones mucho más educativas, entre las que cabe mencionar series memorables como Cosmos, Planeta Tierra, El ascenso del hombre y otras más. Incluso, siguen inspirando series actuales en el mismo formato, como las reediciones de Cosmos a cargo de Neil deGrasse Tyson, un antiguo alumno del inolvidable Carl Edward Sagan. Por el estilo, series de primera de canales televisivos como Discovery y National Geographic. Más irónico aún, jamás he visto que Sagan, Tyson y las demás figuras al frente de otras series memorables atiborrasen a sus auditorios con cargas farragosas de tareas para realizar en medio de un arresto domiciliario. Con todo, dada la atracción ejercida por estas series, siempre ha sido habitual que la gente interesada las vea una y otra vez con disciplina y pasión, repasando y reforzando así los valiosos contenidos que brindan. Desde luego, lo anterior no aplica en modo alguno para la televisión comercial, insípida y sosa a más no poder. En todo caso, esto enseña que la educación virtual no es sinónimo de sobresofisticación tecnológica, sino de uso ingenioso de recursos, que pueden ser modestos, como jugar con un palito y tierrita, cuestión advertida así mismo por quienes han estado al frente por esta época de los webinars ofrecidos por la Universidad Abierta de Cataluña. Entretanto, que Dios nos libre del uso burdo y atropellado de las aulas virtuales y las redes sociales en las actuales circunstancias de pandemia. Sin duda, queda bastante por mejorar al respecto, comenzando por la estructuración de paradigmas realmente educativos, comunicacionales y científicos.

Fuentes relevantes

FLÓREZ VÉLEZ, Omar. (18 de mayo de 2020). Los maestros son héroes. El Colombiano. Recuperado de https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/los-maestros-son-heroes....

ILLICH, Iván. (2006). Obras reunidas: Volumen I. México: Fondo de Cultura Económica.

ILLICH, Iván. (2008). Obras reunidas: Volumen II. México: Fondo de Cultura Económica.

SÁNCHEZ TORTOSA, José. (2018). El culto pedagógico: Crítica del populismo educativo. Madrid: Akal.

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*Magíster en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana
Profesor Asociado con Tenencia del Cargo, Universidad Nacional de Colombia

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