Undécimo mandamiento: A diario te esforzarás en aparentar, o ser, más que tu prójimo. Fetichismo colombiano: símbolos de estatus, objetos de diferenciación (1)

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Por: Allan Enrique Bolivar Lobato
Colectivo de comunicaciones La Plaza

A muchos colombianos (incluido por supuesto quien escribe el presente texto) nos hubiera encantado el viernes anterior asistir a una fiesta a pocas cuadras de nuestra casa, ungidos en Aqua di Gio, vestidos con un juego de zapatos y cinturón Salvatore Ferragamo, un bonito jean Dolce & Gabbana, una camisa negra Ralph Lauren y un gabán de esplendido corte etiquetado por Hugo Boss. Por qué también no haber bajado por el elevador interno de nuestro apartamento de soltero tipo loft con vista al Parque el Virrey, subir a un magnifico Audi TT parqueado en el sótano, encender el motor y verificar antes pisar el acelerador las 11:00 pm en un estupendo cronógrafo Mont Blanc comprado con algunos miles de euros las vacaciones anteriores en Milán ¡Felicidad absoluta! Todo marcharía bien si estos anhelos no llevaran consigo la conciencia de frenéticos anhelos de ascenso, una vocación irreductible por la actuación social, por el consumo de símbolos de distinción, el fetichismo de los objetos que maquillan la presencia de prestigio y poder. Vamos a ser sinceros.

Se trata fundamentalmente de una cuestión de estatus, al mismo que en Colombia hemos aprendido a rendir un fervoroso culto. Pero ¿qué es y en qué consiste el estatus? Se refiere fundamentalmente a un conjunto de derechos y obligaciones que determinan conductas de las personas ubicadas en una posición social dada, es decir, significa todo aquello que es necesario (o se considera necesario) que hagan o que reciban en contraprestación a su ubicación en la sociedad personas como Tatiana Santodomingo, miembro de la realeza colombiana y recientemente estrenada en la familia real de Mónaco, cosa que más de una lágrima debió suscitar en los clubes de la “aristocracia” criolla de las principales ciudades del país.

Los estatus pueden ser clasificados dependiendo del valor social que se le otorgue a los comportamientos o las obligaciones que las personas en cada uno de ellos reclaman para sí. Es decir, además de ser posible otorgar un estatus X a las personas por la manera en que exigen ser tratadas (tienen derecho) por sus subordinados o por la manera en que están obligadas a comportarse en una presentación en sociedad, también se despliega la posibilidad de que hayan múltiples estatus (Y, Z, W) y que las personas sean clasificadas jerárquicamente en términos de dicho patrón. Entonces se conforman las categorías/estatus de hiper mega play's, hippie's – chic, clase media, levantados, etc. y en la más baja posición (¡ni más faltaba!) a los gamines, categorías con las que muy sabiamente se clasifican a las personas por la manera en que se conducen en espacios sociales como la calle, la biblioteca, el parque, la universidad, la cama y el baño. Se trata fundamental y lógicamente de no mezclarnos “los de bien” con los de-más (de-menos quedaría mejor).

El estatus, para despecho de muchos, no es algo que viene dado, se hereda, está preconfigurado, establecido y dura para siempre, es decir, no es para nada cierto eso de “......fino como el papá, como la madre, como el tío, etc., etc.”, implica por el contrario una constante negociación, un constante movimiento que usa medios (objetos, formas de hablar, de vestir) especializados para integrar o diferenciar a las personas entre sí. Es decir, uno no puede echarse a las petacas en términos de estatus, porque necesitas frecuentemente comunicarle a las “de-menos” personas la posición en que estás, a los de tu mismo estatus que perteneces también a él, y ellos necesitan comunicarte a ti que también se encuentran en el mismo peldaño social y que eres bienvenido (o en su defecto rechazado) ¿Cómo se hace esto?

Se emplean vehículos especializados para transmitir el estatus: objetos, palabras, comportamientos mágicos capaces de comunicar exigiendo lo mínimo para ser leídos y entendidos, que digan que te encuentras en determinada posición en la jerarquía. Ellos se encargarán de ungirte ante la mirada de los demás como ciudadano de Bogotá que habita en cualquier lugar al nor-oriente de la calle 72 (exceptuando al Codito, Lijacá o El Verbenal, entre otros), que eres hijo o padre de una familia bien y que por mucho que envidien los demás, es poco probable que desciendas del nivel en que te encuentras (¡ilusos !). Estos vehículos se llaman símbolos de estatus y sus funciones son dividir a la sociedad en categorías de personas, fomentar la solidaridad entre una misma categoría (“niños de bien”), al tiempo que inducen la discordia entre las diferentes (“niños de bien” Vs. los de Ciudad Bolívar), expresar el punto de vista, el estilo de vida y los valores culturales de la gente que los porta. Adquieren validez y efectividad en la medida en que es más fácil demostrarle a los demás que eres una persona exitosa, honesta, honrada, educada, pulcra, transmutando (traduciendo, codificando) todos estos valores difíciles y engorrosos de comunicar en un camisueter Tommy Hilfiger, un reloj Tissot, un vestido Ermenegildo Zegna, Carolina Herrera o un bolso Louis Vuitton. Ellos comunicarán tu posición social, moral, económica e intelectual mejor de lo que con tus palabras podrías decir, serán eficaces y no tendrás necesidad de argumentar tus cualidades mucho más.

En términos de estatus de clase, está siempre latente la posibilidad de engañar o ser engañado. Nuestra sociedad colombiana está acostumbrada a abrir sus puertas, a llamar de “don”, a lisonjear a los portadores de los símbolos de estatus. Por otro lado, no hay penas establecidas que condenen a personas por el uso de símbolos que no le corresponden a su posición, es una osadía, un atrevimiento, pero no un crimen. Es por ello que muchos de los portadores de los símbolos de prestigio y de poder, sean coincidencialmente algunos los más abyectos criminales que han brotado de nuestro suelo, y no hablo precisamente de Pablo Escobar, sino de distinguidos varones como Guido y Miguel Nule, los hermanos Moreno Rojas, Víctor Maldonado (Interbolsa), el clan Uribe y decenas de miembros de la alcurnia nacional a quienes cándidamente aún solemos llamar “dotor”.

Hay un tipo particular de estatus que se construye sobre los símbolos en que basan el estilo social, involucran que numerosas pautas de conducta sean actuadas de manera simultánea: etiqueta, vestido, comportamiento, ademán, entonación, dialecto, vocabulario, pequeños movimientos corporales y evaluaciones expresadas automáticamente sobre detalles de la vida, forma de vestir y de comportarse del prójimo. Cuando una persona es capaz de “actuar” todas esas conductas sincronizadas, sin errores en alguna, puede ser catalogada como miembro de una clase o “de nuestra clase”. Esto lleva consigo una carga de tensión bastante grande para quienes nacen en clases diferentes pero quieren ser o parecer ser de una clase social más elevada en la jerarquía: se exige que asuman una conducta compleja, resultado de la compilación magistral de formas de hablar, de comportarse, de vestirse, de caminar de estructurar discursos orales e imprimirles dialectos, entonaciones específicas; se exige que no haya disrupciones (que sean congruentes, consistentes) porque cuando se presentan es posible que se ponga de inmediato en tela de juicio la pertenencia a la clase misma, pues se rompe el principio de su significado expresivo profundo, el principio que impone que el estatus y sus elementos hablen de un estilo de vida, de una autoconcepción y de necesidades psicológicas que genera el desenvolvimiento consistente en la posición social que se argumenta tener. Esto quiere decir en palabras castizas que siempre es posible que siendo de clase media la caguemos fuertemente al pretender ser de clase alta y lo mismo para los de baja que quieren aparentar ser de media, y que los que asumimos esta empresa siempre tengamos que mantener la tensión, el temor a ser descubiertos y expulsados del escenario de actuación.

Entonces la vaina del perfume, de la ropa, del carro, del reloj y del apartacho del “virrey” con que muchos soñamos expresa sencillamente la aspiración, quizás legítima, que tenemos muchos de pertenecer a estatus, a niveles superiores en la jerarquía de la sociedad, aceptando ingenuamente la simetría entre estatus de clase y estratificación moral que impone nuestra cultura. Se trata sencillamente de ser una mejor persona y tener materialmente los símbolos que tienen las “mejores” personas con el objetivo de que las puertas se abran, que te hablen en términos de “don” o que puedas tirarte a mujeres u hombres (los mejores) que ostenten la misma posición, para luego casarte y tener hijos que sean también de las mejores personas como lo eres tú, como intentamos serlo nosotros. En eso consiste el juego del estatus, del posicionamiento social ¿Cuáles son los objetos con los que juegas el juego tú?

1) El presente texto fue escrito basado en el texto Símbolos de status de clase del sociólogo inglés Erving Goffman. No uso citaciones convencionales por no tratarse de un artículo académico, sino de un ejercicio de interpretación. Cualquier transcripción literal en el texto se salda a favor de la propiedad intelectual del autor.