Tequendama.

Acuarela del viajero inglés Edward Mark (1817 – 1895).

Por: Arturo Neira Gómez (1).

¡Cómo olvidar el Salto! Hasta mediados del siglo XX eran frecuentes los paseos familiares al Tequendama. Ante su decadencia y ruina ambiental, derivada de factores adversos de tipo estructural e histórico, propios de la sociedad colombiana, apremia la obligación ética y ecológica de encontrar con urgencia la ruta a emprender, para salvar el río Bogotá y recuperar la otrora maravilla natural.

Ilustración: Acuarela del viajero inglés Edward Mark (1817 – 1895). Colección del Museo de Arte del Banco de la República, Bogotá, D.C.

TEQUENDAMA

Por: Arturo Neira Gómez (1)

Al otro lado del río
brillan
esplendorosas
las enigmáticas
montañas del Tequendama

La corriente turbulenta
inagotable
surte la colosal catarata
y se precipita
suicida
golpeando con fiereza
el abismo mítico,
para permanecer
por siempre
siendo destrozada
por el viento y la caída.

Los rayos solares
penetran el torrente
y besan lujuriosos
las entrañas rocosas
cinceladas por Bochica.

El sol, la bruma,
el viento y la nada,
sonríen
satisfechos:

Ante ello
se levanta
inconmensurable
la magia del arco iris.

Nota del autor:

Tequendama, poema escrito en1988. Dedicado a Gregorio Gómez Vargas (Bogotá, 1907 – 1997), Soledad Gómez Leal de G. (Bogotá, 1910 – 2010) y familia, quienes –siendo el primero trabajador de la Empresa de Energía de Bogotá “EEB” en los años 1930, 40 y 50–, vivieron en el caserío el Charquito (Soacha), cerca a la hidroeléctrica del mismo nombre en las márgenes del río Bogotá y muy cerca del Salto de Tequendama. Gracias a ellos y a la tía Lucía, directora del colegio de la empresa para hijos de los obreros, con mis hermanos permanecimos allí 3 o 4 años cursando básica primaria. Cómo olvidar el Salto: eran frecuentes los paseos familiares los fines de semana a la otrora maravilla natural. Pero, desafortunadamente, cuando escuchábamos las sirenas de los carros de bomberos, con horror comprobábamos que el mítico abismo era escogido también como morada por no pocos suicidas a los que la ávida hondura los seducía y se los tragaba y, tras un arduo trabajo, sus cadáveres eran rescatados por los buzos.

(1) Psicólogo. Ofrece a los lectores de la Nueva Gaceta este poema y su nota contextual; publicados en su Libro de poesía y memoria EN LA NOCHE: Desarraigo, Calandayma y otros textos, Colibrí Ediciones 2014, páginas 63, 64 y 125.