Perspectivas de Pablo Neruda sobre los derechos políticos de la mujer.

Jonathan A. Borja Reyes

Por: Jonathan A. Borja Reyes.

Cuando escuchamos de Pablo Neruda, el primer imaginario que se nos viene a la mente es su prolífica obra poética, a veces pasando por alto su férrea militancia en la izquierda chilena. Hay pues dos perspectivas de Neruda, el poeta y el político, y en los dos campos se desarrolló con magistral lucidez y disciplina, en la última a tal punto de sacrificar la propia vida.

Ahora bien, dentro de la faceta de político, Neruda fue elegido senador del Partido Comunista representando a las provincias norteñas de Antofagasta y de Tarapacá, en marzo de 1945, en el periodo presidencial de González Videla, quien pidió ayuda al Partido Comunista para llegar a la presidencia y como consecuencia de ello Pablo Neruda fue nombrando jefe nacional de propaganda. A finales de agosto de 1947 el ya senador Neruda hace un profundo análisis sobre el comportamiento de su antiguo aliado y presidente de Chile manifestando entre otros asuntos lo siguiente “… el mandatario se transformó en el poder. Fue cediendo ante la presión de los enemigos de su pueblo, fue cediendo ante las amenazas y el chantaje imperialista…”

El resultado de la reprobación política de Neruda hacia Videla se materializó en febrero de 1948 con la aprobación del desafuero de Neruda por parte de la Corte Suprema a petición del presidente González. Con indignación al conocer de la petición del Presidente, el 6 de enero de 1948 el senador Neruda pronuncia un discurso que titula “Yo acuso”, que es una larga exposición de los hechos que determinaron la petición de desafuero. Posteriormente Leónidas Aguirre Silva, un profesor universitario de Chile, recopila en un libro los discursos parlamentarios de Pablo Neruda entre 1945-1948 en desarrollo del hombre militante y político, y lo titula como el emblemático discurso “YO ACUSO”.

En este libro, que me impactó por la profundidad con que Neruda hacia sus intervenciones sobre diferentes temas, siempre revestidos a flor de piel de minucioso estudio, hay opiniones sobre la revolución en el Paraguay (19 de marzo de 1947), sobre clases de religión y moral, fundamentando la no obligatoriedad para impartirlas (3 de septiembre de 1947), entre otras. Pero una de sus opiniones expresadas en el Senado que es pertinente para rememorar hoy, es una intervención sobre los derechos políticos de la mujer, realizada el 10 y 11 de septiembre de 1946.

Neruda, con un interpretación marxista de la situación de la mujer de ese entonces, que hoy se pueden reivindicar, indicaba que la mujer se encontraba confinada a tareas odiosas e improductivas, estando en contravía de la doctrina marxista, la cual rechaza cualquier prejuicio acerca de una supuesta inferioridad biológica o intelectual de la mujer con respecto al hombre, resaltando que en lo corrido del siglo, la mujer ha conquistado en muchos países, bajo modelos económicos perversos, el derecho al voto, reconociendo lo importante de este hecho, pero que en la practica la situación de la mujer había continuado igual, dejando entrever que no solo los derechos políticos constituyen, por sí mismos, la liberación de la mujer.

La verdadera emancipación de la mujer, y su igualdad frente al hombre es posible cuando tome parte de la producción social y el trabajo doméstico le ocupe un tiempo insignificante, asunto que actualmente sigue siendo una afrenta porque no se cumple y hoy las mujeres ocupa más el tiempo atendiendo asuntos del hogar. Engels en su obra Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, enseña que el tránsito hacia la civilización, señalado por la aparición de la propiedad privada, trajo consigo la primera división de clases, señores y esclavos, y la desigualdad entre el hombre y la mujer, quedando ella como dueña exclusiva de los enseres domésticos y dedicada al trabajo doméstico.

Pablo Neruda cierra lo profundamente estudiado por Engels, enfatizando que la riqueza que siempre ha estado en manos del hombre, no ha hecho más que aumentar y que frente a este aumento la economía domestica fue perdiendo su importancia de más en más y, con ello, la mujer fue perdiendo también importancia en la vida económica, política y social de los grupos humanos, hasta el extremo de llegar a perder, incluso, la propiedad de los objetos domésticos. Esta esclavitud del sexo femenino proviene, pues, de su remota esclavización en los quehaceres domésticos, liberándose plenamente de esa realidad solo sí se incorpora, al igual que el hombre, a la producción social.

Todo esto para señalar que en esta alocución parlamentaria Pablo Neruda, menciona que una faceta de la incorporación a la producción social es en el ámbito laboral que la puede sustraer de los trabajos domésticos que frenan su desarrollo intelectual. Esto tiene contrastes que en la actualidad son palpables, pues en buenas cuentas la participación de la mujer en la industria está regida por marcadas diferencias a la hora de reconocerles materialmente su trabajo, con respecto a la mismas instancias en donde se desenvuelve el hombre, poniendo de presente un cambio de esclavitud que ahora no se traduce en el escenario doméstico, sino laboral, manteniendo así una desigualdad social.

Todo lo anterior para concluir que, para que se cumpla efectivamente el propósito de una sociedad igualitaria, para que la mujer desarrolle sus mejores capacidades, en donde su única imposición sea lo que el libre albedrío le indique al igual que el papel que quiere jugar en la sociedad y que esa sociedad se lo reconozca, pasa por un cambio sustancial del modelo económico y político de un país, en donde se garanticen escenarios y se establezcan garantías para que el entorno de las mujeres le sea favorable para su desarrollo.

No podía terminar sin regalarles a las mujeres un verso del Neruda poeta, alejándome de lo politico-historico, en donde se demuestra lo importante que fue la mujer para ese personaje universal de la literatura. El poema se titula Mujer lejana del libro Para nacer he nacido, de 1978:

MUJER LEJANA

    Esta mujer cabe en mis manos. Es blanca y rubia, y en mis manos la llevaría como a una cesta de magnolias.
    Esta mujer cabe en mis ojos. La envuelven mis miradas, mis miradas que nada ven cuando la envuelven.
    Esta mujer cabe en mis deseos. Desnuda está bajo la anhelante llamarada de mi vida y la quema mi deseo como una brasa.
    Pero, mujer lejana, mis manos, mis ojos y mis deseos, te guardan entera su caricia porque sólo tú, mujer lejana, sólo tú cabes en mi corazón.