P a t a s a g r i a s

Por: Arturo Neira Gómez **

I

Al cierre de una conversación familiar sobre “Un jinete”, cuento en el cual nos sentimos involucrados e identificados, Juan José recordó haber escrito en clase de preceptiva literaria del colegio Virrey Solís de Bogotá en 1955, un relato corto sobre uno de los caballos de su infancia; texto leído por el profesor de esa asignatura, el mismo año, en un acto solemne de la institución.

- Desafortunadamente – nos dice -, no tuve la precaución de reclamar el manuscrito y perdí los borradores que le dieron origen.

- El contexto de la narración – continúa –, corresponde a tres o cuatro años antes de ser escrito, por ahí 1951 ó 1952, cuando tenía 8 ó 9 años; estudiaba primaria en el Colegio Departamental Carlos Giraldo de Anolaima y vivíamos en el campo.

- El caballo se llamaba “Castañito”, pero - aclara -, sólo para efecto de impacto narrativo, le di el nombre sonoro y hasta chistoso de “Patasagrias”, otro de los caballos de la finca.

Patas-agrias, como quien dice bravas, ácidas, peligrosas. El apelativo obedecía al color de sus cascos, desabrido, parecido al de las naranjas grey o toronjas. Así en realidad era este animal, muy distinto a “Castañito”. Pero, mejor corrijo algo, borro el calificativo “peligroso” que acabo de utilizar; antes por el contrario, era manso en exceso y, si se hubiere tratado de un ser humano, diría, estoico, por tener que soportar en tiempos de cosecha, cargas de fruta o café de 8 ó 10 arrobas. Mientras “Castañito” era de silla, elegante, consentido y, para nosotros, purasangre árabe de carreras, el otro, “Patasagrias”, era de enjalma, sin ningún pedigrí, criollísimo, un mocho ordinario. En tanto aquel terminó su existencia jubilado, a sus anchas, aliviado de todo trabajo, el otro, el mocho, fue sacrificado al sufrir la fractura de una de sus patas cuando se enredó y cayó al cruzar la carrilera en la estación del tren de Cachipay.

Es posible que el joven autor del cuento, al trocar los nombres, tuviera la intención inadvertida de compensar en algo las injusticias e iniquidades en el trato dado a los equinos.
La nobleza de los caballos de la infancia fue la que él reencontró en otros ejemplares al crecer, hacerse jinete y convertirse en deportista de alta competición.
En la Prueba Completa de ecuestres, con el caballo “Balazo”, logró su máximo reconocimiento: medalla de bronce en los VI Juegos Panamericanos de Cali en 1971.

II

Corría el año 1963 cuando en la Escuela Militar de Cadetes José María Córdoba, recién Juan José fue ascendido a Alférez, en una de las acostumbradas ceremonias anuales de bienvenida de los nuevos cadetes, uno de los agasajados lo reconoció y, espontáneo, rompió el protocolo: salió de la formación y en voz alta le dirigió unas palabras, exaltando alborozado un hecho y tema que si bien para el lugar y momento no estaba prohibido, reñía con la disciplina y el rigor castrense:

- Hace ocho años – dijo -, usted escribió un cuento sobre un caballo; éramos adolescentes, compañeros de colegio.

Al escuchar esta historia le pedimos que la reescribiera. Quedó pensativo, parecía interesado. Pero era irrealizable, habitábamos otro tiempo y él era otra persona.

- Estoy en condiciones de escribir un relato – al fin respondió -, claro que distinto, nuevo, basado en los pocos recuerdos e imágenes que conservo de la infancia.
En todo caso, otro escrito – redondeemos su idea -, por aquello del difícil reto, por no decir imposible, de revivir el niño que fue.

- Terminada cada jornada escolar del Colegio Carlos Giraldo – recuerda -, me encaminaba al potrero; el caballo estaba allí, a la sombra de un árbol, esperándome; levantaba la cabeza y se acercaba a la talanquera para que lo ensillara.

- No me explico ahora – agrega -, cómo yo, tan chico, alcanzaba a ponerle la montura y apretarle la cincha. A propósito, nuestra mamá contaba una proeza de la que no tengo memoria – prosigue -, siendo mucho más pequeño, una tarde, aparecí encaramado en pelo en “El Moro”, el animal de mayor alzada de la finca.

- Luego de ensillarlo – finaliza nuestro hermano -, “Patasagrias” me llevaba a casa por un camino empinado en parte empedrado, en más de una ocasión bajo la lluvia, salvando barrizales y pasos peligrosos.

- Ese caballo era mi amigo, mi compañero, a él le debo mis triunfos deportivos y muy gratos momentos.

III

Centro histórico de Bogotá. Atrás queda la hospitalidad del Café donde acabamos de realizar otro taller de escritura. En él se escuchó y sometió a la crítica esta crónica.

Unos bajan a conseguir transporte público por la contaminada calle 13 hacia la carrera 10ª, otros nos dirigimos al frio parqueadero ubicado en el costado sur de la misma calle entre carreras 6ª y 7ª.

Qué irrelevantes e intrascendentes son los lugares desapacibles de la ciudad, frente a la evocación del potrero donde uno de los caballos de la infancia aguardaba a Juan José.

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* Artista plástico expresionista, Filósofo y Teólogo, Alemania 1880 - Francia 1916.
https://pinturasvang.blogspot.com.co/2014/10/caballo-azul-i-franz-marc.html
** Psicólogo y escritor, Bogotá, 1950.

Bogotá D.C., marzo de 2018