Nuestra guerra ajena.

Foto tomada de: página virtual de The New York Times.

Reseña del libro censurado de Germán Castro Caycedo

Por: Pascual Amézquita Zárate.

Aunque está en librerías desde hace unos seis meses, esta impresionante obra de Castro invita a ser reseñada ahora debido a cuando menos tres grandes excusas de actualidad.

Como han sido informados cientos de millones de habitantes del planeta, en días pasados en el estado de California se decretó un tenaz racionamiento de agua debido a que en la costa oeste de Estados Unidos –gran productora de naranjas y vinos además de ser la sede de Hollywood y de Silicon Valley–, ha sobrevenido una aguda escasez del líquido. El problema no es coyuntural sino que, de acuerdo con las alarmas, va para largo. Para tan largo que deberán adoptarse mecanismos para traer el recurso agotado, desde Alaska si es el caso.

Pues bien, Castro Caycedo demuestra con hechos, declaraciones y cifras, que la guerra contra el narcotráfico no es tal, sino una mampara que vela el real propósito: Instalar en América Latina hombres, bases y tecnología que permitan a la potencia del norte controlar el recurso más preciado y que, como es lugar común señalar, será la causa de la tercera guerra mundial: el agua.

El libro fue escrito antes de que el petróleo pasara a ser un objeto de segundo orden en las prioridades de Washington, es decir, antes de que Estados Unidos se pusiera a la cabeza de los grandes productores del aceite. Si aún para ese entonces Castro ya puso de presente cómo para ellos la prioridad era el agua, qué decir hoy cuando el mundo nada, literalmente, en petróleo. Que Venezuela y Ecuador se queden con su petróleo. Pero no con el Orinoco ni el Amazonas.

Castro documenta cómo para los intereses gringos los recursos de la cuenca del Amazonas son la base de su existencia como potencia en este siglo XXI y de ahí que haya apelado a la guerra contra las drogas como forma para inmiscuirse en los países de la región y obtener el control de la zona. Sin embargo, los Vientos del Sur barrieron con sus planes, excepto en un país, Colombia, que se ha convertido en cabeza de playa para sus propósitos.

En las investigaciones que recoge, el periodista pone de manifiesto la gran riqueza hídrica de la región y, hay que agregar, de Colombia, poseedora de más del 50% de los páramos del mundo. Buena parte de los restantes quedan en los países andinos. De igual manera, el río Amazonas (sin contar con otros depósitos bajo tierra a lo largo de Sur América) contiene el 20% del agua pura del mundo y el 25% del oxígeno.

Si no es descabellado proponer trastear el agua desde Alaska, menos irreal lo es suponer su extracción desde el Amazonas.

Así que la primera excusa con la cual invito a que nuestros lectores conozcan la obra del escritor zipaquireño es la sequía que azota la costa oeste del imperio y que significa una nueva amenaza para nuestros países como lo muestra hasta el cansancio el libro reseñado.

La segunda disculpa tiene que ver con el anuncio hecho en días pasados por la Organización Mundial de la Salud, OMS, de que el glifosato es cancerígeno. Verdad sabida desde hace años: En Nuestra guerra ajena el autor trae muchas declaraciones de especialistas que coinciden con OMS. Por supuesto que gobierno de Colombia ha negado desde el primer momento que tal efecto ocurra. Al respecto vale la pena recordar una anécdota que trae el libro: Un alto mando militar, justificando el uso del veneno para erradicar las matas de coca, argumentó que la mejor prueba de que el glifosato es inocuo es que ningún piloto había enfermado de cáncer ni cosa parecida, a lo que se le contestó: El piloto que arrojó las bombas atómicas sobre Hiroshima murió de viejo décadas después de cometer ese genocidio.

Castro hace en las primeras cincuenta páginas del libro un pormenorizado y doloroso recuento del uso del glifosato en la Guerra de Vietnam cuando se aplicó en su presentación conocida como agente naranja y que sirvió para arrasar millones de árboles en aquel país para intentar derrotar al pueblo vietnamita en su lucha de liberación. Es el mismo componente del glifosato y otras presentaciones, entre otras unas matamalezas de amplio uso hoy en Colombia con nombres comerciales.

El gobierno nacional, dice Castro Caycedo, sabe lo que ocurre, pero se hace el de la vista gorda. ¿Qué pasará ahora que la OMS certificó que el compuesto básico de todos esos venenos es cancerígeno? Por el momento ya hay pistas de lo que va a pasar: El gobierno de Santos no ha dicho nada, las fábricas gringas, empezando por Monsanto ya iniciaron una contracampaña desinformativa y de confusión sobre el dictamen y… Acá aparece la tercera excusa para reseñar un poco tardíamente la obra del periodista: El manto de silencio en la gran prensa.

Sucedió que el libro lo entregó Castro Caycedo a su editor de siempre, Planeta (que ha hecho negocio con las grandes ventas de sus 15 o 16 libros anteriores). Corrían los años del gobierno de Uribe y los dueños de Planeta eran unos inversionistas españoles (también propietarios de El Tiempo, entre otros negocios). Pues bien, esa editorial se negó a publicarlo argumentando que contenía un ataque al Estado colombiano. Razón no le faltó, pues ciertamente el libro desnuda que la guerra contra la droga no es nuestra guerra sino la guerra de los gringos por controlar los recursos latinoamericanos, pero también muestra con muchos ejemplos cómo el Estado colombiano no solo se hace el de la vista gorda sino que además presta todos sus recursos para esa guerra ajena. Tal el Plan Colombia.

Cuando la censura de Planeta cayó sobre Castro, uno de los mejores escritores y periodistas del país, nadie dijo nada.

Así que la tercera razón para invitar a nuestros seguidores a que lean Nuestra guerra ajena de Germán Castro Caycedo (Planeta Colombia, 2014) es para que tengan una razón más para denunciar la hipocresía: hoy la gran prensa de Colombia, de España y de Estados Unidos se desgañita vociferando sobre la falta de libertad de prensa en Venezuela o en Ecuador y la corrupción en Brasil o en Chile, pero el fariseísmo de estos defensores de la libertad de prensa de nuevo cuño no les da para desvelar el manto de silencio que cae sobre los daños del glifosato y de toda la corrupción que campea detrás del monumental negocio de la aspersión aérea del veneno sobre el país. Tampoco les dio cuando acallaron a un periodista insigne del país.