Más juntanzas feministas y menos empoderamientos femeninos

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

Por: Sonia Liliana Vivas Piñeros*


    El Patriarcado, se recicla y se nutre de los cambios sociales y revolucionarios de esta misma humanidad. Afina sus tentáculos, corrige sus formas brutales de operar y relanza las opresiones con instrumentos cada vez más sutiles y difíciles de detectar y responder. Como por ejemplo, el llamado empoderamiento de las mujeres, todos discursos tendientes a crear teorías, informes y argumentos como los escritos en los informes gubernamentales para la CEDAW, tienden a demostrar que las mujeres “mejoraríamos” cada año nuestras condiciones de vida. (…) Desde nuestra mirada, todos estos discursos, en realidad, no son otra cosa que cantos de sirena destinados a encubrir que las mujeres somos las convocadas –al DEBER SER FEMENINAS (nuevamente)- a solucionar las crisis económicas, recesiones y otras maneras en que el capitalismo nombra sus dificultades. Nuevamente, la resolución de estos conflictos va sobre nuestros hombros, las incorporadas al mercado laboral en condiciones desiguales, las que salvamos la economía en sus diferentes crisis y sostenemos la sobrevivencia y la vida, tanto de las personas, las familias, como de nuestro planeta.

    (Julieta Paredes Carvajal)


La historicidad del lenguaje con el que significamos el mundo hace que se transformen sus sentidos; en ocasiones, esto es positivo en tanto permite que construcciones tales como democracia, participación, igualdad, justicia, entre muchas otras, tengan dimensiones distintas a como en su origen fueron pensadas. Pero, en otros casos, la intención y contexto que da su origen se pervierte en el camino. Y eso es lo que ocurre con el empoderamiento, término tan implementado en ciertos discursos que refieren a la mujer y la transformación de sus roles y aspiraciones.

Desde la segunda mitad del siglo XX, el ambiente de la posguerra evidenció que la fuerza de trabajo tuvo cambios radicales, principalmente por la inserción de la mujer en el mercado laboral y, con ello, el cambio en el estereotipo de la mujer dedicada únicamente a las labores domésticas. Pero esto no redundó en cambios estructurales sobre los roles históricamente asignados a las mujeres, en términos de la maternidad, la necesidad de contar con apoyo, respaldo y representación masculina, o un debate que impactara la política de los Estados en materia de equidad salarial y reconocimiento económico a las labores de cuidado desarrolladas en el hogar, sino que, al contrario, posicionó a las mujeres como personas impetuosas y valientes, pero para asumir dos y hasta más turnos laborales, porque su labor dentro de la estructura doméstica no se modificó, en particular para las mujeres de las clases sociales más bajas o, en el contexto de la posguerra, para aquellas pertenecientes a los países perdedores(1).

Justamente es ahí donde se identifica el germen de lo que, unas décadas después, en los años ochenta, las agencias internacionales y organismos pertenecientes a la ONU empezaron a llamar empoderamiento. En el caso particular de América Latina, hay un referente incluso desde los años sesenta que intenta vincular el principio de la educación emancipadora de Paula Freire con el empoderamiento. Pero, desde la mirada sobre roles y formas de participación de las mujeres, es hasta 1983 cuando este término se convierte en la categoría privilegiada para mostrar a las mujeres que la vida laboral les abre nuevos caminos en sus aspiraciones de vida. Lo que allí se oculta es que esa vida laboral solamente tiene un sustento, el fortalecimiento del sistema capitalista, y con este, la cultura machista y patriarcal que, al regalar el espejismo de la libertad y el respeto por diferentes decisiones, en este caso de las mujeres, se articula con la “democracia de papel” que en occidente ha justificado innumerables infamias traducidas en dictaduras, desapariciones, explotación y robo de recursos naturales, guerras e invasiones. Y, en cada una de esas infamias, no es un secreto que son las mujeres las mayores víctimas.

Por eso es que existen serias diferencias entre los discursos y prácticas feministas. Porque esas tendencias feministas construidas desde y para la institucionalidad, fortalecen los sistemas de explotación de las mujeres en todos los sentidos; de ahí que se acerquen (por no decir que son lo mismo(2)) al empoderamiento femenino, categoría que nos sirve para comprender los lugares de privilegio que tienen ciertos sectores de mujeres (del centro, no de la periferia ) que intentan visibilizar, a partir de su experiencia de vida, una agenda de transformación de lo que implica ser mujer en la cultura machista y patriarcal sustentada en la posibilidad consiente de oprimir a otras mujeres, sus asalariadas. Y de ahí la necesidad que tienen los feminismos alternativos de hallar en la juntanza la antítesis del empoderamiento, lo que se relaciona directamente con la sororidad como categoría revolucionaria: Es el encuentro de experiencias de vida, de aspiraciones, de necesidades, de intereses, de expectativas; pero también, de miedos, de dolores, de tristezas. Es el retorno al legado de las culturas donde el tiempo no es un reloj, la vida no es competencia, el éxito no es individual, el buen vivir es comunidad; pero poniendo en un lugar especial a las mujeres pariendo no exclusivamente hijos e hijas, sino ideas, organizaciones, movilizaciones, denuncias, proyectos. Pariendo en últimas, un mundo diferente al que pretenden imponernos como el único que existe.

* Licenciada en Ciencias Sociales UPN. Magíster en Desarrollo Educativo y Social CINDE-UPN. Docente de la Sede Rural D Torca del Colegio Nuevo Horizonte IED. Integrante del Colectivo de Mujeres Malú. Creadora y conductora del espacio de El Rincón de Apolonia. Integrante del equipo de trabajo docente y sindical de Renovación Magisterial. Representante de FECODE en la Comisión Asesora para la Enseñanza de la Historia de Colombia del MEN. Correo-e: rincondeapolonia@gmail.com.


Notas:
(1) Cabe aclarar que este contexto no es generalizado en esa época para todo el mundo; de una parte, si bien es cierto que tanto la I como la II Guerra Mundial, de manera directa o indirecta, involucra la mayor parte del planeta, las dinámicas entre el mundo urbano y el mundo rural tienen profundas diferencias; particularmente, América Latina o zonas de los continentes asiático y africano no contarán con la efectiva apertura de opciones laborales (desde la dinámica capitalista) para las mujeres, sino que en esos casos el proceso será más lento y con particularidades dramáticas en las formas de explotación de las mujeres; esto, resulta más claro cuando el análisis se hace desde la mirada interseccional, tema al que dediqué uno de mis anteriores artículos.
(2) El término centro-periferia ha sido particularmente utilizado para referirse a las desigualdades sociales y económicas donde las luchas históricas por derechos de orden político, económico y sociocultural se asumen como privilegios desde las lógicas del capitalismo.


Referencias bibliográficas:

Guzmán, N. y Triana, D. (2019). “Julieta Paredes: hilando el feminismo comunitario”. En: Revista Ciencia Política No. 14 (pp. 23.49). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Paredes, J. (2013). “Disidencia y feminismo comunitario”. En: Revista Dissidence Volumen 10 (hemi.nyu.edu/hemi/fr/e-misferica-102/paredes. Consultado el 18 de agosto de 2020 a las 14:00 hrs.).

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