Los tumacs y sus avatares

Por: Rodrigo Gómez

Ahora que un virus recorre el mundo, todos vemos con asombro la posibilidad real de que desaparezcan poblaciones enteras. Para nosotros, la extinción o la amenaza de extinción son viejas compañeras. En algún momento entre los siglos tres u ocho de nuestra era, la cultura Tumaco la Tolita desapareció sin que hasta hoy se pueda decir con certeza cuál o cuáles fueron las razones de su extinción. Hay hipótesis muy sugestivas que le atribuyen al fenómeno del Niño la causa de tal catástrofe.

Fenómenos del Niño acaecidos entre 1982 y 1988 impactaron negativamente y provocaron un aumento de 20 centímetros en el nivel de las aguas, la producción pesquera se redujo en un 52 %, el aumento de las lluvias arrasó con los cultivos, los ríos se desbordaron y fue necesario reubicar poblaciones enteras. Sitios turísticos como la isla de Bocagrande desaparecieron. De acuerdo con investigaciones adelantadas en Perú, Ecuador y Colombia, megafenómenos del Niño podrían presentarse cada 500 años, con consecuencias devastadoras para el medio ambiente y por supuesto para quienes dependen de él.

Otras hipótesis sostienen que la extinción de los tumacs puedo haberla ocasionado un poderoso tsunami provocado por la subducción que se presenta entre la plataforma de Nazca y la plataforma continental de América del Sur. Esta hipótesis no es de ninguna manera descabellada.

En el año 1906, frente a las costas de Chile se produjo un megaterremoto y un posterior tsunami que impactó con mucha intensidad las costas de Tumaco. De acuerdo con crónicas de la época, por culpa de ese movimiento telúrico desaparecieron caseríos enteros y alrededor de 400 personas habrían perdido la vida.

En diciembre de 1979, mientras la gente de Tumaco dormía, otro megaterremoto sacudió las entrañas de la tierra, esta vez a solo cien millas de nuestro territorio. Este acontecimiento arrasó la isla del Guano y a San Juan de la Costa, otra isla cercana, la borró del mapa.

Como hemos visto, fenómenos climáticos y tectónicos han impactado de tal manera los nichos ecológicos de nuestro litoral, que nada tiene de raro que hayan sido ellos los causantes de la extinción de nuestro antes pasados, aunque no podemos descartar de plano la posibilidad de que enfermedades catastróficas como la leishmaniasis, la tuberculosis y la malaria, hayan contribuido a la desaparición de una cultura laboriosa y sensible como fue la de los tumacs.

Extintos los Tumacs, los nuevos ocupantes hemos tenido que enfrentar las inclementes e insalubres condiciones propias del trópico, pero no a enfermedades letales como la peste bubónica, que asoló Europa en el siglo catorce, o como las enfermedades traídas por los españoles a raíz de la conquista de América. Incluso enfermedades desastrosas como la influenza, aparecida en Estados Unidos en 1918, también conocida como gripa española, que mató entre cincuenta y cien millones de personas, no nos afectaron, como si lo han hecho la polio, la viruela, la chicunguña y el VIH, sin que podamos decir que estas últimas nos hayan puesto al borde la extinción.

A estas alturas, ustedes se estarán preguntando por qué una estirpe de hombres y mujeres capaces de sobreponernos a terremotos, tsunamis y tragedias de todo tipo, estamos tan aterrorizados con el COVID- 19.

Una razón, es que los medios de información nos muestran al instante los estragos ocasionados por la enfermedad en otras latitudes, pero la línea gruesa de la respuesta debe apuntar hacia las paupérrimas condiciones de vida en las que nos toca llevar nuestra existencia.

Una región secularmente empobrecida, con sitios en donde la expectativa de vida es parecida a la de muchos pueblos del África subsahariana, en donde la mayoría de la población no tiene alcantarillado y mucho menos agua potable, con un sistema de salud debilitado no solo por la Ley 100, sino también por una caterva de políticos rapaces, en un ámbito así, claro que es aterrador enfrentarse a una pandemia que en otros puntos del planeta ha rebasado sistemas de salud mucho más robustos que el nuestro.

Este cuadro que acabo de pintar debería ser suficiente para aterrarnos, pero no lo es, acá no contamos con personal suficiente para controlar la extensa y porosa frontera que nos une al Ecuador, país que ha sido inmisericordemente golpeado por el virus, no contamos con un hospital de tercer nivel, razón por la cual los enfermos en estado crítico tienen que someterse a un recorrido de cinco horas o más hasta llegar a Pasto. De las pocas ambulancias con que cuenta el hospital, solo una tiene los implementos adecuados para prestarle las atenciones necesarias al enfermo. No tenemos ni un solo laboratorio para practicar las pruebas rápidas y por tal razón estas deben ser enviadas a la capital del departamento, la cantidad de camas para cuidados intensivos y el número de respiradores, son a todas luces insuficientes. No contamos con un solo neumólogo y el personal de salud no dispone de los implementos de bioseguridad que les permita ejercer su trabajo sin el riesgo de enfermase.

Si a todo lo antes escrito le sumamos una indisciplina social estratosférica, en donde la mayoría de la población tiene que escoger entre el hambre o el coronavirus, y en donde quienes pueden aislarse prefieren la rumba al aislamiento, en unas circunstancias así, el escenario está listo para que el fantasma que extinguió a los tumacs desnude ahora su rostro aterrador ¿Se dan cuenta porqué tenemos miedo?

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