La nostalgia de los cielos multicolores

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

Por: Gladys González Arévalo

En este mes de los vientos, en este agosto, hemos visto los cielos sólo en su azul intenso del verano, sin los alegres colores de las cometas, o barriletes, como se les llama en otros lugares. Como cada año, en los espacios abiertos que se llenan de cometas de diferentes colores y estilos para disfrutar los vientos que caracterizan esta época.

En este, no veremos en las calles, o en los pueblos a los creativos cometeros que despliegan su creatividad, su habilidad con el anhelo de saber que los palitos, los papeles y el trapo de sus obras de arte, no alzarán el vuelo e igual que los artífices del revoloteo no las harán llegar al cielo multicolor.

Los típicos y pintorescos nombres, con que se le conoce en diferentes países, papalote, piscucha, milocha, pandorga, volantín, chichigua, chiringa, cometa de viento o papagayo, y también según sus formas, todas tienen su origen en la antigua China. Se sabe que alrededor del año 1200 a. C. se utilizaban como dispositivo de señalización militar. Hoy mantiene su popularidad entre niños y adultos, de todas las culturas.

El arte y la literatura las ha exaltado, Julio Verne en su libro Dos años de vacaciones, cuando los jóvenes protagonistas, náufragos en una isla desierta, construyen una cometa para hacer una señal, pero terminan volando con ella, el gran pintor español Francisco de Goya, en su famoso cuadro La cometa, el músico colombiano, acordeonero Alfredo Gutiérrez, con su composición Tiempos de Cometas, en ritmo de Vallenato, y en diversas canciones infantiles.

Este encantador “juguete artesanal” que permite lucir su ingenio y destreza en las cometas gigantes, o pequeñas en tan diversas formas y diseños a los artesanos y a los competidores en los diferentes concursos, como el famoso “Festival Internacional del Viento de Villa de Leyva” en Boyacá, u otros en el país, o en los grandes parques aledaños a Bogotá, este mes, no inundarán los cielos con sus alegres colas y colores.

La tradición de “elevar la cometa”, la ilusión de verla en su vuelo vertiginoso que surca los cielos, llenando de alegría a pequeños y grandes en esta bonita diversión en que el “darle cuerda”, a una cometa, es soltar la imaginación, pintar el cielo, jugar con el viento, y recordar que se puede llegar a otros mundos, a través de este sencillo juguete, ¡¡¡es sentir la libertad!!!

Sentiremos la nostalgia, si miramos al cielo y no lo vemos teñido de los múltiples colores que los cometeros en su creatividad, o los niños han elaborado con amor, imaginación y anhelos de soltar sus sueños, como sueltan la cuerda y verla perder en el infinito…

Otro agosto, otros vientos nos rodean, los de la vida que nos ha cambiado, que nos ha limitado a soñar con actividades tan gratas y tan sencillas como la de “elevar la cometa”.

¡¡Volemos entonces con la imaginación!!, ondeando los colores amarillo azul y rojo de nuestro pendón patrio, admirémosle en su mágica danza al viento, en acrobacias al ritmo de la Cumbia, del Bambuco, o el joropo, y que salten de entre las nubes las notas musicales.

Soltemos nuestra cuerda, imaginando que en próximos tiempos los vientos sean favorables y volvamos a disfrutar de estas entrañables, tradicionales y milenarias costumbres.

Que el cielo se nos llene de brillantes y alegres colores, que nuestra vida vuelva a su cauce, superando las circunstancias que nos han llegado sin imaginárnoslas, pero que la esperanza despeje las nubes negras y volvamos a ver nuestro radiante y esplendoroso cielo en un horizonte pleno de luz y el sol vuelva a estar en nuestra alma y en nuestros días por venir.


En La canción del viento

Poema infantil de Carlos Castro Saavedra, leemos:

“En el viento de Colombia,

Los niños tenemos fe

y sabemos que mañana,

ese viento ha de volver”.


-Gladys González Arévalo

Bogotá, agosto de 2020

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