“La mama grande” Mercedes Barcha.

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

En abril de 2014 partió Gabriel García Márquez hacia otras dimensiones, a la eternidad.
En agosto de 2020 falleció su esposa Mercedes Barcha.

Igual que él, marchó hacia el silencio en medio de mariposas amarillas que le acompañaron también en su ascenso hacia otros espacios cósmicos.

En Magangué, donde nació en una familia de ascendencia egipcia, y en Sucre donde se conocieron, dos pueblos del Caribe llenos de magia, como lo es su país de origen. En este contexto del lugar mágico, del ámbito fantástico, fue que García Márquez creó como escenario su Universo literario.

Durante los largos años que compartieron, ella fue el pilar, como su compañera incondicional, su cómplice en todas las aventuras de su oficio literario. Quien puso en orden la vida para que él se dedicara solo a la literatura.

Los admiradores y seguidores del escritor García Márquez y estudiosos de su obra, siempre le reconoceremos y recordaremos además de sus cualidades como esposa y madre, a la mujer que se mantuvo siempre al lado del escritor, su soporte, amiga y consejera, por el importante papel que jugó, en especial en el momento en que día a día durante los 18 meses asumió el manejo del hogar, en el que Gabriel García Márquez, se dedicó a escribir “Cien años de soledad”.
Novela esta, que una vez superado el impase del “despacho” a la editorial Sudamericana en Buenos Aires, el voluminoso manuscrito de casi 500 páginas, en las dos tandas y luego de empeñar los únicos electrodomésticos que les quedaban, según recordaría múltiples veces Gabo, Mercedes descargaría todo el peso que llevaba estos largos meses acumulándose en su corazón, en una frase: "Lo único que falta ahora es que la novela sea mala".
Las grandes obras, como los grandes hombres tienen peculiares historias. Anécdotas como esta, son las que están detrás del gran escritor y de esa gran mujer, por esto y muchas cosas más, sus amigos la llamaron siempre “la Gaba”. Podría decirse, que fue como una prolongación de su vida, con su gran amor, dio rienda suelta, como ese viento que impulsa a una cometa a que se eleve hacia las máximas alturas. García Márquez siempre dio la relevancia de su esposa no solo para escribir "Cien años de soledad", "Sin Mercedes no hubiera llegado a escribir el libro", dijo una vez antes de recibir en 1982 el Premio Nobel de Literatura, sino en toda su vida literaria, en su vida personal compartida a través de los 56 años de matrimonio. Fue ella quien se encargó de manejar el mundo real, mientras él creaba universos mágicos con su literatura.
Ahora que no está, es quizás cuando se torna más visible, hemos visto crecer la ponderación a este modelo de esposa, como la gran mujer, valorada y amada por muchos, que supo llevar su lugar.
A pesar de que se dice que “ella se sacrificó para que él escribiera” y se le ha visto como la compañera ideal, ella lo decidió, convino así esa relación y la forma en que fue llevada, es decir que ella gustosa asumió ese rol, además por la época en que les correspondió vivir. No sucedió que a ella se le reconociera por ser “esposa del Nobel,” aun cuando él estaba en la cumbre de la fama. De ella se ha sabido únicamente lo que ha querido que se sepa, buena esposa y buena madre.
Talvez se ha construido un estereotipo alrededor suyo, en la idea que tienen ciertas personas de ella, que se ve reflejada por algunos personajes femeninos de la creación literaria del escritor, en Cien Años de Soledad y en otras de sus obras, es como lo fue ella. Lo cierto es, que su individualidad también la conservó, con la sencillez, prudencia y sabiduría, fue un personaje apasionante e interesante en sí mismo. Anónimo y oculto para la mayoría de la opinión. Esa, además, fue siempre su intención. Siempre se le conoció como Mercedes Barcha, y no de “García Márquez”, como era la costumbre. Ella sabía que es la mujer, “la rueda que hace mover al mundo”, y lo cumplió a su manera. Hoy se diría que no puede ser este un modelo para las mujeres de las nuevas generaciones, pero ella era un poder silencioso, de una inteligencia maravillosa intuitiva y generosa, sin protagonismo, durante su vida concedió pocas entrevistas.
Aunque se diga que no hay nada que se sepa o diga de ella que no tenga que ver con el esposo, no es que, sin ella, él no hubiera podido ser el gran escritor. Fue su musa, y a su genialidad literaria, se sumó la prudencia y el cariño. Reconocemos su valentía, su fortaleza de carácter, pragmatismo, sentido del humor y hermetismo. Entendamos las decisiones que tuvieron que tomar en esos momentos que vivieron. “Mercedes protegía a Gabo de asaltos a la privacidad y a las infidencias” de los cercanos.
La dedicatoria en El amor en los tiempos del cólera, dice: “Para Mercedes, por supuesto”, la novela sobre amores contrariados escrita por Gabriel García Márquez y publicada en 1985, tres años después de recibir el Premio Nobel de Literatura. En 1962, había dedicado uno de sus libros de cuentos “Al cocodrilo sagrado”, en referencia a ella, así la describía él: “Era esbelta, de mirada filosa y pelo corto que le alargaba aún más el cuello” por el que García Márquez la apodó ‘La Jirafa’, el “sobrenombre confidencial” con que bautizó su columna de El Heraldo en 1950.
En la partida de su gran amor, ella como siempre mostró su gran entereza, su sencillez, su discreción. Sus dos hijos Gonzalo y Rodrigo, hicieron honor a las enseñanzas de su padre, como el mejor legado, su ejemplo de hombre recto, y amoroso en su hogar.
Hoy están disfrutando de esa gran satisfacción que deja “la inmensa labor cumplida” con Colombia, con la humanidad, queda atrás toda una era literaria. El agradecimiento perdurable a Mercedes Barcha, porque la multitud de sus lectores puedan seguir disfrutando esa magna obra, en todos los continentes y en tan variados idiomas.
Ella y su especial familia, en la gran valoración y aprecio a lo que constituyó su vida y obra, decidieron lo que consideraron más apropiado, dar la oportunidad de que su importante y voluminoso archivo, sus pertenencias más preciadas, sus obras, sus documentos y todo lo que estuvo alrededor de su travesía literaria, quedara para que la humanidad, en el mundo entero pueda tener la posibilidad de conocerla y seguir apreciando y difundiendo el inmenso patrimonio cultural que construyeron juntos. Perdura la inmensidad de su labor más allá de su carácter hermético y su entrega silenciosa, la Fundación Gabo, de la que fue presidenta de la Junta Directiva.
¡Adiós a la Jirafa, al Cocodrilo sagrado, a la mujer que acompañó a García Márquez
en las buenas y en las malas”!

Gladys González Arévalo
Investigadora de la Cultura colombina.

Autora de los libros: La música en Gabriel García Márquez-Vida y obra.
y Macondo tiene aroma de café.

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