La equidad de género: otro de los espejismos del patriarcado

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

Por: Sonia Liliana Vivas Piñeros(1)


    El neoliberalismo desplegó una gran propaganda posmoderna de promoción de los derechos humanos: supuestamente las mujeres, los indígenas, los homosexuales, los jóvenes, los discapacitados eran reconocidos y se les daban dizque derechos. En la realidad, sólo premiaban o reconocían a las mujeres, indígenas, homosexuales, jóvenes y discapacitados que eran de su misma clase social o de su pensamiento político o que desde su diversidad les servían económica y políticamente sin protestar. Las y los rebeldes y revolucionarios no tenían lugar en esa repartija de prebendas.
    Paredes, 2014, p. 59.


Con el auge de los Movimientos Sociales desde la segunda mitad del siglo XX el género como campo de saber y, por tanto, de poder, se abre campo en las agendas de reivindicación, en particular, de las mujeres y de la diversidad de sus demandas. Existen prácticas y discursos que, o bien, se ubican en contraposición total a todo aquello que emane del Estado, en tanto es una construcción patriarcal y machista; o bien, consideran que si ese Estado ofrece mecanismos de participación y representación deben aprovecharse. En esa delgada línea entre una y otra apuesta, se ubica la reflexión sobre la equidad de género y las razones por las cuales, aquí se considera que es un apenas un espejismo.

Desde los tiempos de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de Olympe de Gouges, se cuestionó el derecho que la cultura machista y patriarcal impuso, desde el uso del lenguaje, a que los principios de la revolución francesa fueran pensados y alcanzados exclusivamente para beneficio de los hombres con unas características específicas: blancos, occidentales, burgueses y, por supuesto, hijos y reproductores de esa cultura. Con ello, la libertad, la igualdad y la fraternidad tomaron matices diversos con el objetivo de que las demandas de, entre otros sectores, de las mujeres, tuvieran mayores alcances. Eso, en parte hizo que, desde los tiempos de la revolución industrial, las mujeres engrosaran las masas de la clase obrera, que en el siglo XIX las corrientes liberales se interesaran por abrir espacios de participación a las mujeres en la vida cultural y social de las naciones, y que en el siglo XX el modelo de democracia participativa y representativa permitiera que las mujeres también decidieran y gobernaran.

No obstante, las demandas de las mujeres y de los feminismos ni se reducen ni se incluyen en su totalidad en el panorama anterior, porque las experiencias reivindicativas hechas ‘desde afuera’ con discursos y prácticas alternativas opuestas a los espacios de participación convencional, desde lo político, lo económico y lo sociocultural, han sido no sólo múltiples, sino muy potentes, porque han tenido un campo de acción desde lo simbólico que incluyen cuestionamientos, críticas y rechazos a las formas en las cuales se pretende ‘incluir’ lo feminista sin renunciar al campo y el lugar de poder desde el cual se decide o no legitimar las demandas que de allí provienen.

Es aquí donde aparece la equidad de género como uno de esos espacios que, agenciado por los organismos multilaterales , defiende “la imparcialidad en el trato que reciben mujeres y hombres de acuerdo con sus necesidades respectivas, ya sea con un trato igualitario o con uno diferenciado pero que se considera equivalente en lo que se refiere a los derechos, los beneficios, las obligaciones y las posibilidades” (Unesco, 2020).

La definición anterior da cuenta de la lógica desde la cual se construye el discurso que sustenta la equidad de género con la visión capitalista, de la mano con el sistema patriarcal de la producción desde el ámbito de lo que llaman desarrollo medido con índices y proyecciones estadísticas, y no con realidades a partir de la desigualdad, la exclusión y la marginación.

Las medidas desde el ámbito estatal y/o gubernamental, que son diferenciadas en función del sexo para garantizar los derechos humanos, constituyen el campo de acción de la equidad de género, como si la solución de la histórica desigualdad y abusos de todo tipo contra las mujeres, sus movimientos y sus reivindicaciones, fuera solamente asunto de la institucionalidad; por eso, se asume que entre mayor cantidad de legislación que condene todas las formas de violencia contra las mujeres; políticas de inclusión; incentivos para generar empleo de las mujeres; oportunidades electorales de los sectores que ellas representan; planes, programas y proyectos que favorezcan a las mujeres y sus iniciativas; la equidad de género es suficiente para resolver las deudas históricas del patriarcado respecto de las reivindicaciones de las mujeres. Pero, la realidad histórica y simbólica, demuestra en su crudeza que no es así, porque se ofrecen apenas espejismos de mejoramiento de estas situaciones.

Mientras las redes simbólicas que construyen realidades no cuenten con espacios de significación diferentes a la cultura machista y patriarcal, la equidad de género no logrará cerrar las brechas de pobreza y marginación que afectan, especialmente a las mujeres y, de ellas, a aquellas pertenecientes a las zonas del planeta donde la depredación, primero colonialista, luego imperialista y ahora, neoliberal (modelos todos patriarcales en toda su estructura), han sido implacables. Tampoco logrará que los aparatos judiciales comprendan cada acción violenta y de abuso contra las mujeres sin el dejo de cuestionar o de culpar a la víctima. Y mucho menos, la creación de redes simbólicas que transformen el peso del patriarcado en posibilidades para el cuerpo y/o la identidad de ser mujer. El problema no está en la cantidad de oportunidades que ese mismo sistema depredador y destructor ofrezca a las mujeres, sino en la necesidad de eliminar ese sistema y eso, inicia con el reconocimiento, fortalecimiento, apertura y potencia de las demandas de las mujeres, de los feminismos, en especial aquellos que combaten el patriarcado en todos los terrenos, que siembran nuevas formas de pensar y de hacer el mundo desde las formas más sutiles, porque esas, son las más potentes.


Referencias bibliográficas

- https://es.unesco.org/creativity/sites/creativity/files/digital-library/... (Consultado el 21 de septiembre de 2020. 16:00 hrs).

- Paredes, J. (2014). Hilando fino. Desde el feminismo comunitario. México: Creativecommons.


(1) Licenciada en Ciencias Sociales UPN. Magíster en Desarrollo Educativo y Social CINDE-UPN. Docente de la Sede Rural D Torca del Colegio Nuevo Horizonte IED. Integrante del Colectivo de Mujeres Malú. Creadora y conductora del espacio de El Rincón de Apolonia. Integrante del equipo de trabajo docente y sindical de Renovación Magisterial. Representante de FECODE en la Comisión Asesora para la Enseñanza de la Historia de Colombia del MEN. Correo-e: rincondeapolonia@gmail.com.

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