Los jóvenes y la construcción de una cultura democrática en el post-conflicto.

Por: Mauricio Vargas.

El proceso de paz representa un gran avance en la de construcciónde la democracia en Colombia, entendiéndola como la libertad y el derecho de ejercer la opinión y la acción política, esto es, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, la posibilidad de realizar proselitismo político con total libertad y en cualquier lugar del país sin censura o coacción armada, un efectivo derecho a la libertad de expresión y al periodismo libre de intimidación. Implica también el fortalecimiento del Estado, en que pueda garantizar la justicia en términos administrativos y en términos del ejercicio político, en que pueda recuperar el monopolio de las armas… El Estado colombiano requiere con urgencia retomar las regiones, así como muchos lugares de las ciudades, tomadas hoy por actores armados.

La democracia hoy en Colombia exige un Estado capaz de brindar empleo, seguridad y desarrollo a todas sus habitantes, de generar condiciones mínimas para la resolución de conflictos por las vías legales, civiles y pacíficas, de avanzar en la superación de la segregación social. Pero, lo más importante, requiere necesariamente del desarrollo de una nueva cultura.

La toma de las regiones, del Estado y comunas urbanas por una clase emergente de bandidos-élite rural (Terratenientes, Señores de la guerra, paramilitares) cuyos representantes políticos son Uribe y el Centro Democrático,así como el desarrollo de la economía ilegal y del crimen como vía de acaparamiento de riqueza y de poder en Colombia y como vehículo de acenso social para muchos, ha venido de la mano con el establecimiento de una cultura lumpen, de la trampa, la intolerancia, el todo vale, el dinero fácil.

Una cultura que se ha impuesto por la fuerza de la intimidación, la cooptación económica y que en cierta medida llena los vacíos dejados por un Estado ausente o neoliberal: pocas o nulas posibilidades y opciones en el tema laboral, educativo y del ocio.

La vía más expedita al éxito es hoy la única aspiración de muchos jóvenes, quienes, desorientados, excluidos y absorbidos por las dinámicas de la delincuencia, la droga y las disputas por el territorio, se juegan la vida por conseguir lo que por otros medios les es imposible: Bienestar material y prestigio social. En el marco de unas urbes dejadas al garete, corroídas por el neoliberalismo y víctimas de una total falta de planeación y de gerencia en lo social.

Esta cultura lumpen ha degradado la vida comunitaria, trastocando valores y envilecido las costumbres. Estableciendo, allí donde permea, una visión individualista, nihilista e irresponsable con el medio social. Una cultura que hoy muchos pelaos de las barriadas populares abrazan acríticamente aun cuando esto les implique convertirse en individuos “no-futuro” en “no nacimos pa’ semilla”. “El pelaito que no duró nada” escribió alguna vez el cineasta Víctor Gaviria refiriéndose a esa generación perdida, y que se sigue perdiendo… a esa realidad triste y paradójica de muchos jóvenes de las clases humildes.

Asistimos a una auténtica tragedia social que azota las principales ciudades del país: la muerte sistemática de jóvenes producto de las dinámicas del crimen organizado.

¿Qué hacen los jóvenes de las comunas en el tiempo libre? ¿Cómo disputar en estos escenarios con otras visiones y otras actividades? ¿Qué se puede llevar a cabo por iniciativa propia y que se le puede exigir al Estado? ¿Qué entienden los jóvenes por espacios constructivos y atractivos hoy en día? ¿Qué entienden los jóvenes por democracia, por participación política? ¿Es posible arrebatarle jóvenes a la delincuencia involucrándolos en procesos de participación y organización política?

Los jóvenes requieren una guía, una orientación, para superar los distintos retos que se les presentan en su cotidianidad: la administración del tiempo libre, el cuidado de sí mismo, la soberanía sobre su cuerpo, la elaboración de un proyecto de vida, progreso y desarrollo personal.

Los jóvenes requieren acompañamiento para integrarse a una sociedad deshumanizada, destructiva, mercantilizada y competitiva cuyos ritmos se aceleran progresivamente y donde acechan peligros: consumo de drogas, criminalidad, marginalidad.

Urge el desarrollo de una nueva cultura democrática, donde se promuevan las lecturas complejas de la realidad, que integren la denominada condición posmoderna del siglo XXI: LGTBI, feminismo, ambientalismo, animalismo, comunidad cannábica, etc. con las problemáticas estructurales e históricas del país: desindustrialización, privatización, la necesidad de una reforma agraria y de recuperar los servicios públicos, la salud y la educación como derechos de la ciudadanía.

Una nueva cultura que empodere a los jóvenes de sus derechos y les de dominio sobre los diferentes mecanismos de participación institucionales y no institucionales. Una nueva cultura que convierta la acción colectiva y la lucha por la transformación de la realidad social en el mayor anhelo de la juventud.

Los jóvenes tienen la tarea histórica de sentar las bases para la nueva sociedad colombiana del posconflicto. Es urgente la construcción colectiva de nuevos valores, nuevas referencias y nuevos símbolos. Es un reto para las nuevas generaciones el superar las herencias del desarraigo y el miedo, producto de las distintas épocas de violencia que ha vivido el país.