Homenaje al dramaturgo italiano Dario Fo.

    Como un homenaje al dramaturgo italiano Dario Fo, quien fallecio ayer a los 90 años de edad, comparto el artículo "Ventana a la Ironía" escrito por el colega Alberto Ruano en 1998 para la revista de la Universidad de Antioquía.

Como para subrayar, tal vez, las penurias en la creación dramatúrgica de los años recientes, el jurado del Premio Nobel decidió otorgar el de literatura en 1997, a esta pieza compuesta en 1970. Su autor, el italiano Darío Fo, nos ha habituado desde entonces a sus comedias ricas en humor e ironía. Se manifiesta en su creación un fino espíritu libertario y las cualidades de un consumado orfebre del teatro. De la pieza galardonada, podríanse destacar sus paradojas trazadas con destreza, el diálogo vivaz y corrosivo, las situaciones absurdas. Entre sus obras teatrales - todas inscritas en la denuncia social - sobresalen “¡Pum, pum! ¿Quién es? ¡La policía!” (representada en 1972) y cuyo argumento retoma el tema de “Muerte accidental de un anarquista” y “Aquí no paga nadie” (en 1974) cuando la vida política italiana parecía entrar en un período de relativa regularidad institucional, luego de otro dominado por los métodos policiales, la tergiversación informativa, la represión selectiva sobre líderes de la izquierda. Se trata, entonces, de un teatro fuertemente ligado a la denuncia política y social.

No nos asiste, en este caso, el derecho a la sorpresa. Tratándose de un género que desde Aristófanes hasta Bertolt Brecht, pasando naturalmente por Molière y hasta por el mismo Shakespeare, ha servido como un instrumento revelador de las injusticias sociales, a veces a través del sarcasmo, de la ironía, de la puesta en escena del absurdo, en otras ocasiones, por el solo influjo de la encarnación dramática. Varios especialistas han evidenciado esta característica consustancial al teatro, distinguiéndole así de otros géneros literarios. Aquel tono que podría creerse distancial en la novela o la poesía, por ejemplo, sería solamente evasivo en una pieza escénica. A la pregunta sobre si era necesario hacer política con el teatro, Darío Fo respondió: “Pues claro. Creo que en todo gran teatro, el que ha llegado hasta nosotros, ha habido siempre un discurso político y social, tendiente a estimular el interés, la participación, la solidaridad... o la indignación.”

Necesario se nos hace, entonces, echar un vistazo a la sociedad de la época. Corre diciembre de 1969 y una serie de atentados terroristas, con explosiones de bombas, sacude el norte de Italia. El más cruento de esos atentados, el del banco de Piazza Fontana, en Milán, produce 16 muertes. Las redadas sobre el movimiento anarquista - al que se sabía en decadencia y muy infiltrado por la policía - no tardan en dar sorprendentes resultados con numerosas detenciones inmediatas.

Las versiones oficiales, y que inculpan a los anarquistas, no resisten el análisis lógico pero, por la propia dinámica represiva, la contestación a esas criminalizaciones tampoco es tolerada. Nada es mejor que actos monstruosos e indignantes (sea quien sea su autor) para justificar las medidas siempre urgentes de la represión y el acallamiento de las libertades públicas. Así, tres días después de ese atentado, el obrero ferroviario Pinelli, uno de los anarquistas detenidos, es “suicidado” desde una ventana del cuarto piso de la Jefatura de Policía de Milán.

El “vuelo” de Pinelli se suma a otros hechos asombrosos y generará en la opinión pública un sentimiento de resignación incrédula, de desenfado cínico. Darío Fo, justo un año después, estrenará “Muerte accidental de un anarquista” y en su Prólogo explicará la naturaleza de la obra en los términos siguientes: “Con esta comedia queremos contar un hecho que ocurrió realmente en Estados Unidos, en 1921. Un anarquista llamado Salsedo, un inmigrante italiano, “cayó” desde una ventana del piso 14 de la comisaría central de Nueva York. El jefe de policía declaró que se trataba de un suicidio. (...)

Para actualizar la historia, haciéndola al tiempo más dramática, nos hemos tomado la libertad de recurrir a uno de esos trucos que se suelen emplear en el teatro: hemos trasladado la historia a nuestros días, y la hemos ambientado, no ya en Nueva York, sino en una ciudad italiana cualquiera... por ejemplo, Milán.” Por supuesto, en la actualidad y por la distancia impuesta al clima de revuelta de los años sesenta, algunos pasajes de la obra sonarán demasiado explícitos, con un tinte panfletario evidente y frente al cual, la percepción de hoy sentirá una natural y comprensible prevención. Esos pasajes, por suerte, son escasos. Se centran en algunos monólogos del personaje central, un loco “sospechoso” retenido en una comisaría por “histriomanía” o suplantación de personalidades.

El loco, entre sus múltiples simulaciones, investigará como Juez la defenestración de Salsedo-Pinelli y emitirá sus juicios morales - esta vez en calidad de Obispo - acerca de la absolución judicial de los policías implicados. En su conjunto, la pieza es deliciosa y divertida, más allá de sus contenidos políticos expresos, como parodia, podría ser, costumbrista. La lógica institucional, si podemos llamarla de ese modo (¿contraditio in adjeto?) se verá en permanencia ridiculizada por la lógica del loco en ensortijados diálogos llenos de picardía. Esos diálogos representan la revancha del talento y el ingenio sobre la fuerza del poder burocrático. El tono burlón envuelve la pieza.

El loco, luego de haber sido descubierto como “Psiquiatra, profesor ex-adjunto en la universidad de Padua”, según reza su tarjeta de presentación, y obligado a dar explicaciones por cobrar cien mil liras la consulta (él aduce un diagnóstico “perfecto”) confunde, en su sofística, la marcial comprensión del comisario Bertozzo: “Bertozzo: ¿También las 100.000 liras eran perfectas? Sospechoso: Pero comisario... me he visto obligado, por su bien. Bertozzo: ¿Por su bien? ¿Es parte de la terapia? Sospechoso: Por supuesto. Si no le llego a timar las 100.000, ¿cree que ese pobre desgraciado, y sobre todo sus familiares, se habrían quedado tranquilos? Si les hubiese pedido 20.000, habrían pensado: «No debe valer mucho, a lo mejor ni siquiera es profesor, será un novato recién licenciado». En cambio, así, se quedaron sin habla al oír la cifra, y pensaron: «¿Quién será? ¿Dios en persona?», y se fueron más contentos que unas pascuas. Hasta me besaron la mano... «Gracias, profesor», llorando de emoción.”

El desenfado, la irrisión, invaden el interrogatorio. Nos llevan insensiblemente a simpatizar con la humanidad y la chispa del loco, armador de enredos y verdugo implacable de las versiones oficiales. La imaginación, esgrimida como un arma temible, puede producir estragos ante el prosaismo modesto de los expedientes y sus manipuladores. Los disfraces del Loco sirven aquí para desnudar la locura impertinente de los informes corporativos. El loco no tarda en pasar a la ofensiva, a propósito de la tarjeta de presentación y de ciertas nociones gramaticales: “Bertozzo: Pues me alegro mucho, pero aquí dice: ¡Psiquiatra! Sospechoso: Sí, pero después del punto. ¿Qué tal anda de sintaxis y puntuación, comisario? Fíjese bien: Profesor Antonio Rabbi.

Punto. Luego, en mayúscula, P., psiquiatra. Mire, decir «soy psiquiatra» no es suplantar un título. Es como decir: soy psicólogo, botánico, herbívoro, artrítico. ¿Conoce la gramática y la lengua italiana? ¿Sí? Pues debería saber que si uno escribe arqueólogo es como si escribiera «siciliano»... ¡no significa que ha realizado estudios! Bertozzo: ¿Y lo de «profesor ex adjunto en la universidad de Padua»? Sospechoso: Lo siento, pero ahora es usted el impostor. Dice que conoce la lengua y la sintaxis y la puntuación, y resulta que no sabe ni leer correctamente. Bertozzo: Que no sé... Sospechoso: ¿No ha visto la coma después de ex? Bertozzo: Pues sí, hay una coma... tiene razón, no me había fijado. Sospechoso: ¡Ah, tengo razón!... «No se había fijado»... ¿Y con la excusa de que no se fija, mete en la cárcel a un inocente?” El mundo se resuelve en un discurso escénico y sobre las tablas se descubre mejor su falta de cordura elemental. Sí, probablemente, el jurado del Nobel, al otorgar su premio a una obra de hace 27 años, nos ha querido rememorar cuál es el sabor de la literatura teatral. Un sabor picante, punzante, atrevido, como el de las salsas italianas. Y punto.