Editorial, enero 10 de 2015

Cuando transcurría la primera semana de 2015 y el mundo apenas despertaba del letargo de fin de año, sobrevino el ataque criminal de los dos hermanos fundamentalistas islámicos al semanario satírico francés Charlie Hebdo, seguido de la toma al otro día de un supermercado judío. Esta secuencia de hechos acabó con la vida de diecisiete personas, incluidos los caricaturistas principales de la publicación. Se trata de hechos bárbaros y criminales, que conmocionaron y movilizaron a Francia y han sido repudiados por el mundo entero. Su condena debe hacerse sin atenuantes.

Como en el caso de la mayor parte de las manifestaciones de terrorismo que estallan de tiempo en tiempo en distintos rincones de los cinco continentes, más allá de sus víctimas directas, los sectores más discriminados de la población terminan siendo quienes a la larga resultan más afectados. Por ello, estos actos no solo deben ser objeto de repudio por su misma naturaleza: el ataque irracional a población civil desarmada, sino también porque terminan justificando las políticas de quienes detentan el poder en el mundo, en contra de todos aquellos que luchan por un mundo más justo y por unas condiciones de vida más dignas.

Tal como lo hemos experimentado en Colombia, la perpetración de dichos actos conlleva un proceso de derechización de importantes sectores de la sociedad, que legitima el uso de la fuerza, la perpetuación de la guerra y la concentración de la riqueza por parte de los poderosos.

En la larga década transcurrida desde aquel fatídico 11 de septiembre, Estados Unidos utilizó la lucha contra el terrorismo para afianzar sus intereses imperiales en todo el orbe, pero particularmente en el Medio Oriente y el mundo musulmán. La cruzada desatada por Bush no solo pretendió legitimar la llamada guerra preventiva, sino también justificar el uso de la tortura por parte del Estado y sus agencias y la abolición de las mínimas garantías democráticas que proveen el estado de derecho y la legislación internacional. Los contratistas de la guerra y las multinacionales de su país colmaron sus arcas, todo en aras de la lucha contra el terror.

La prolongada intervención militar en Irak y más recientemente en Siria hay que entenderla en ese contexto, así como los intentos de imponer sanciones a Irán. La cruzada actual para detener los avances del Estado Islámico responde también a esa lógica y se legitima en el repudio que despiertan los ataques del fundamentalismo islámico, un monstruo que tanto la Casa Blanca como sus aliados ayudaron a concebir.

Por ello, los efectos previsibles del atentado de París deben preocupar a los demócratas y progresistas del mundo entero. En Estados Unidos y Europa, los atentados de Nueva York desataron un profundo sentimiento en contra de los musulmanes, expresado altísimos niveles de discriminación política y social. En particular en Francia, dicho sentimiento se ha visto exacerbado con la crisis económica, de manera que este sector se ha visto muy afectado por el desempleo y los recortes a la inversión pública y social, resultantes de las políticas de austeridad con las que se enfrentó dicha crisis.

El ataque reciente se produce también en medio de unas circunstancias internacionales sobre las cuales es importante reflexionar. En su intento de décadas de acabar con la resistencia del pueblo palestino a la ocupación por parte del Estado sionista de Israel, entre junio y septiembre de 2014, este desató la llamada operación Margen protector, la peor ofensiva de los últimos tiempos, que dejó un saldo de más de 2.300 muertos palestinos, la mayoría de ellos civiles, en especial ancianos, mujeres y niños.

No obstante las difíciles condiciones, la causa palestina ha tenido importantes avances, al tiempo que Israel se encuentra cada vez más aislado. Hace menos de un mes, el 17 de diciembre, el Parlamento Europeo reconoció por amplia mayoría al Estado palestino. Poco antes, la Corte Penal Internacional le confirió el estatus de Estado observador. Las declaraciones de Benjamin Netanyahu, el mandatario de Israel, en las que asimila la justa lucha de los palestinos con el ataque terrorista de París, pretenden lograr el efecto arriba señalado.

En medio de semejante panorama de comienzos de año, Nueva Gaceta, con menos de tres meses desde su reaparición, seguirá comprometido con la defensa y difusión de las causas democráticas y progresistas, no solo en Colombia sino en el mundo entero. Para ello, esperamos contar con el apoyo de todos ustedes, nuestros colaboradores y lectores.