LEONARDO DA VINCI: CUANDO NO SE COMPRENDE LA HISTORIA DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA

Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Magister en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana
Profesor Asociado con Tenencia del Cargo, Universidad Nacional de Colombia

El síndrome del caballo cochero

Entre los rasgos distintivos de la idiosincrasia hispana, no precisamente por lo positivo, cabe señalar la devoción extrema por las efemérides y los aniversarios, cual especie de manifestación de un pretendido poder taumatúrgico de los números, como si de los cielos cayese cual maná algún efluvio que le transmitiese a los míseros mortales algo de la quintaesencia de la divinidad. Más bien, en el fondo, estamos ante un fenómeno más bien marcado por la reificación, o sea, la pretendida existencia de una base material que sirva de sustrato para equis o ye virtud o cualidad, lo cual connota así mismo un reduccionismo indeseable. Por ejemplo, es el caso de la inteligencia y su medida, cuya reificación salta a la vista con la proliferación de tests de diversa pelambre, los cuales, en última instancia, pretenden medir lo que acaso no admita medida. Es justo lo que el notable paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould denominó con mucho tino como “la falsa medida del hombre”.

Por el estilo, cabe advertir este terrible problema en el abordaje de la historia de la ciencia y la tecnología en el mundo hispano, máxime cuando, por invencible pereza mental, muchas pretendidas investigaciones quedan sesgadas por la omisión de fuentes so pretexto de una “delimitación del problema”, lo que, en sentido estricto, equivale a decir que se evita adrede la visión sistémica y comprehensiva de un problema, como si fuese posible emascular una parte del todo con sus propiedades preservadas. Por el contrario, como bien lo advirtió el insigne Umberto Eco en ese maravilloso libro que lleva por título Cómo se hace una tesis, para arribar a buen puerto en una investigación que se precie de ser rigurosa, es menester no omitir fuente alguna por humilde y modesta que pueda ser, pues, qué tal si una fuente así contiene la clave que nos desatasque de algún escollo en el quehacer inquisitivo. A esto, Umberto Eco lo llamó sencillamente “la humildad científica”.

Por desgracia, está faltando la humildad científica en el ámbito de la historia de la ciencia y la tecnología. Botón de muestra, no faltan los autores que abordan la historia de las creencias en la generación espontánea de la vida, pero que pasan por alto la polémica que tuvo lugar en los primeros decenios del siglo XX en torno a la plasmogenia, esto es, la pretensión de obtener seres vivos a partir de sustancias químicas de laboratorio. O, de similar manera, tampoco faltan los autores que, al tratar de la historia de la tecnología del vapor, ni siquiera alcanzan el estatus de eurocentristas, puesto que pecan mas bien de anglocentrismo, galocentrismo, germanocentrismo y así por el estilo. Por ejemplo, pruebe el lector a tratar de hallar buen material sobre científicos e ingenieros hispanos en archivos y bases de datos del Reino Unido. En suma, nacionalismos, regionalismos e hiperlocalismos a ultranza, todo lo cual degenera en una especie de inconmensurabilidad artificial de paradigmas, o sea, una incomunicación forzada entre las diversas culturas científicas y tecnológicas.

Empero, la tecnociencia es un sistema complejo por excelencia, como cabe apreciar al seguir con detenimiento la historia correspondiente y reparar en los procesos de transferencia de ciencia y tecnología entre diversas regiones, un proceso que jamás ha faltado a lo largo de la Historia. Y los ejemplos abundan para respaldar este aserto, como es el caso del desarrollo del fundíbulo de contrapeso, o trabuquete, un tipo de catapulta, cuyos aportes han provenido de cuatro grandes civilizaciones, a saber: China, el Islam, el Imperio Bizantino y Europa Occidental. O la forma como la tecnología de la pólvora y las armas de fuego llegó desde China hasta las Columnas de Hércules. Lo repito: estamos ante un problema derivado de una invencible y comodona pereza mental que le saca el cuerpo al manejo riguroso de las fuentes de información.

Precisamente, ha podido apreciarse bien esto en este año 2019 con motivo de la celebración de los 500 años del nacimiento de Leonardo da Vinci. En el canal televisivo Discovery Science tuvo lugar una serie, bastante buena por cierto, denominada Da Vinci en la práctica (Doing Da Vinci en inglés), si bien su lanzamiento inicial fue el 13 de abril de 2009, cuyo llamativo formato consistió en un equipo de ingenieros, técnicos, artistas y carpinteros, bajo la coordinación del Dr. Jonathan Pevsner, notable experto en la obra de Leonardo, con la mira puesta en construir, a escala natural, diversas máquinas y armas concebidas por dicho genio. En general, fue de lo más ilustrativo poder apreciar el enorme y meritorio esfuerzo correspondiente habida cuenta de que la mera lectura de fuentes y las discusiones académicas son insuficientes para elucidar muchos interrogantes que surgen al respecto. Ahora bien, en marcado contraste, lo que se ha visto en Colombia en tal sentido da grima justamente por la restricción a meras discusiones académicas y poco más, sin una experimentación comparable a la del equipo dirigido por Jonathan Pevsner. Incluso, se han visto denominaciones rimbombantes para esta celebración en lo que al ámbito colombiano atañe, como, botón de muestra, “Leonardo debería estar vivo”, una denominación desafortunada al mostrar precisamente el problema señalado líneas más arriba acerca de los sesgos inherentes al manejo de las fuentes de información.

En otras palabras, al proferir palabras audaces del jaez de “Leonardo debería estar vivo”, se incurre por fuerza en el desconocimiento de la existencia, en diversas épocas, de otros genios no menos brillantes que el propio Leonardo da Vinci. Es el caso del español Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), un inventor tan prolífico que llevó a cabo más inventos que da Vinci, y en menos tiempo, entre 1598 y 1602, para un total de más de medio centenar de invenciones, todas funcionales. De similar manera, cabe destacar aquí a Alī Ibn Khalaf al-Murādī, un conspicuo ingeniero e inventor que vivió en la España islámica, al-Andalus, a comienzos del siglo XI. Se conoce poco sobre su vida, aunque se sabe que fue el autor de un libro titulado Kitab al-asrar, en castellano Libro de los secretos, el cual es un tratado sobre relojes y clepsidras, que, también, presenta ingenios tales como una bicicleta, una máquina para volar, ingenios de guerra y una escafandra, todo lo cual le ha hecho merecedor del apodo del “Leonardo islámico”. Entre sus clepsidras, destaca una maravilla conocida como la Clepsidra de las Gacelas. De similar manera, China cuenta con su propio Leonardo: Zhang Heng, un científico nacido en Nanyan, en la China central, en el año 78 d. C. De hecho, si Occidente le hubiese prestado atención en siglos pasados a la historia de la ciencia y la tecnología en China, Zhang Heng hubiese destronado sin problema a Leonardo da Vinci, como también lo destronaría Jerónimo de Ayanz y Beaumont. De este modo, cabe apreciar que, al seguir con rigor, calma y detenimiento la historia de la ciencia y la tecnología en diversas civilizaciones, siempre cabe encontrar figuras de genio equiparables o superiores a la de Leonardo da Vinci, por lo cual resulta ser una ligereza de lo más audaz el afirmar que es “el genio entre los genios”, como si un solo individuo acaparase toda la materia gris para él solito. Incluso, hasta un gran experto en Leonardo como Jonathan Pevsner parece desconocer las figuras de Ayanz, al-Murādī y Zhang Heng, puesto que, durante los diversos episodios de Da Vinci en la práctica, jamás los mencionó. Por decir lo menos, esto es el colmo.

El hispano, un mundo sin sentido político

De otro lado, este fenómeno chocante va de la mano con otro muy común en los países hispanoparlantes: muchas de las editoriales que nos son familiares en las facultades de ciencias e ingeniería, junto con el ámbito empresarial, tienen su sede en los Estados Unidos, por lo que la mayoría de los libros científicos y técnicos que nos rodean son de autores oriundos del coloso del norte. Ahora bien, son libros de alto precio, no siempre accesibles para los exiguos bolsillos de los estudiantes universitarios de estas latitudes. Claro está, se trata de libros excelentes las más de las veces, pero, a la vez, nuestras universidades e instituciones técnicas, por esas cosas del neocolonialismo, han quedado privadas del conocimiento de los textos pergeñados en otras naciones que han destacado también en ciencia y tecnología, tales como China, India, Brasil, Alemania y el otrora bloque soviético. Por fortuna, se ha ido amortiguando algo este mal gracias a la Internet, pero, con todo y eso, resulta todavía craso el desconocimiento de libros y otros textos diferentes a los producidos en Norteamérica, incluso entre el profesorado universitario, lo cual no es óbice para que, con audacia y desvergüenza, muchos profesores se permitan pontificar en materia de ciencia y tecnología, junto con su dimensión histórica.

En su época, el insigne Alexander von Humboldt, como fruto de la enorme experiencia y el conocimiento que adquirió del mundo hispano al haberlo recorrido de cabo a rabo, diagnosticó con tino que los hispanos carecen de sentido político, un juicio certero que la Historia de ha encargado de demostrar con tozudez. En el mismo sentido, al finalizar el siglo XIX, Santiago Ramón y Cajal, máxima gloria científica por antonomasia del mundo hispanoparlante, se refirió con gran acierto a nuestros países como 21 estaditos que se desprecian cordialmente. Así las cosas, la desunión que caracteriza al mundo hispanoparlante permite entender porque lo sojuzga mundos mucho más poderosos al ser más unidos en su seno, como, nos toca soportar, lo hace el mundo anglosajón, sobre todo de parte del voraz imperio del norte. Por supuesto, el neocolonialismo actual va más allá de la mera dimensión territorial y económica habida cuenta de que, también, ha procurado controlar las mentes merced a la imposición de una lingua franca hegemónica, el inglés, una idea harto eficaz que, en su tiempo, inauguró la reina Isabel la Católica al haberle encargado a Elio Antonio de Nebrija la primera gramática de la lengua castellana, cuyo fin primordial era usar esta lengua para poder controlar a sus súbditos en un imperio que comenzó a crecer con desmesura tras el descubrimiento de América, un imperio en el que, como sabemos, no se ponía el Sol.

En esta perspectiva, una declaración audaz y liviana como la de “Leonardo debería estar vivo” sugiere una situación de neocolonialismo mental al sumir en el olvido, por franca ignorancia de las fuentes de información relevantes en sintonía con un laxo rigor intelectual, a figuras en extremo meritorias como Jerónimo de Ayanz y Beaumont, Alī Ibn Khalaf al-Murādī y Zhang Heng, entre otras que no alcanzo a mencionar aquí, pues, como dije más arriba, la revisión detenida de las fuentes permite detectarlas sin problema. Esto es, la no detección de tales figuras de mérito es una consecuencia directa de la omisión del principio de humildad científica formulado por Umberto Eco, una omisión que suele delatar, las más de las veces, a las malas investigaciones, un fenómeno que, es menester decirlo, infesta a la academia latinoamericana más de lo que sería deseable. Así, ante semejante panorama, no sorprende en modo alguno que, desde la década de 1960, poco más o menos, gracias a iniciativas como la de Iván Illich, el crítico más lúcido de las contradicciones de las sociedades industriales, hubiese echado a andar un paradigma alternativo de investigación, distinto por completo a los que han recibido denominaciones tales como investigación y desarrollo; ciencia, tecnología y sociedad; y ciencia, tecnología e innovación. Éstas son denominaciones acuñadas, claro está, por el modo de producción capitalista. En cambio, el paradigma alternativo aludido recibe por nombre el de investigación convivencial, concebido para generar valores de uso en vez de valores de cambio, a la vez que promueve los ámbitos de comunidad. De esta suerte, es un paradigma que repara más fácil en las fuentes de información tiradas a un lado por los paradigmas propios del capitalismo. Por su parte, Boaventura de Sousa Santos, entre otros intelectuales de parecida jaez, va en esta dirección con su oportuno planteamiento de las epistemologías del Sur.

Entretanto, mientras estos países sureños insistan, en virtud del síndrome del caballo cochero, en limitarse a hablar de las figuras científicas y artísticas estandarizadas por el Primer Mundo, seguirán perdiendo de vista que, en su seno, al igual que en otras civilizaciones, han surgido figuras de mérito equivalente cuando menos. En otros términos, persistirá la falta de sentido político que tan bien supo percibir Alexander von Humboldt. Desde luego, no sobra hablar de Leonardo da Vinci, pero sin perder de vista que no se trata del único Leonardo. Hay otros, muchos otros. Y, en esta época de la Internet, no hay mayor justificación para desconocer las buenas fuentes, esto es, las fuentes realmente fiables. Es menester saber investigar, sobre todo cuando es menester usar un razonamiento de tipo abductivo, siempre presente en la buena investigación histórica.

Fuentes relevantes

ECO, Umberto. (1994). Cómo se hace una tesis: Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura. Barcelona: Gedisa.

GOULD, Stephen Jay. (1997). La falsa medida del hombre. Barcelona: Crítica.

ILLICH, Iván. (2006). Obras reunidas I. México: Fondo de Cultura Económica.

ILLICH, Iván. (2008). Obras reunidas II. México: Fondo de Cultura Económica.

RAMÓN Y CAJAL, Santiago. (1917). Recuerdos de mi vida: Tomo II: Historia de mi labor científica. Madrid: Imprenta y Librería de Nicolás Moya.

RAMÓN Y CAJAL, Santiago. (1941). Charlas de café: Pensamientos, anécdotas y confidencias. Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina.

SOUSA SANTOS, Boaventura et al. (2018). Epistemologías del Sur. Buenos Aires: CLACO; Coimbra: Centro de Estudos Sociais.

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