Cyber-condenado.

Por: Mauricio Vargas.
(Cuentos del futuro)

Desperté y de repente estaba todo rodeado de rejas, me encontraba en una restringida habitación con cama de concreto, un lavamanos-sanitario hecho de aluminio y de una sola pieza. Un gris monótono, absurdo y omnipresente resplandecía en todo el micro-entorno. Las paredes eran de un material sintético que sin embargo simulaban los viejos y anticuados ladrillos que le daban un toque monótono y triste. Sin duda las características apuntaban al diseño de lo que se conocía como una cárcel: establecimientos o mazmorras modernas donde se apilaban cuerpos humanos; lugares tecnificados y asépticos donde se castraba el “animus vitalis”; sitios establecidos y configurados para el castigo público lejos de las miradas, para el sufrimiento clandestino del objeto de la pena.

Es raro, hace un buen trecho en la historia que estas fábricas de dolor habían desaparecido ya. Con la universalización de la educación, con un sistema de salud pública y garantías laborales y sociales, se logró acabar con el crimen como estilo de vida y como industria y en general, se extinguieron por inercia las formas y actitudes primitivas de convivir y subsistir en civilización. Aunque el germen del egoísmo en un sistema capitalista aún conservaba la llama de la corrupción, la tentación oculta, la mala consciencia, en los corazones de sus habitantes, las cosas habían cambiado mucho.

“Grupos bajos”, categorías y clasificaciones de poblaciones inadaptadas y fracasadas, resultaron ser a la larga sectores bastante tributarios. La tecnología, la creación de necesidades, la transformación del sapiens y su enorme aparato económico-productivo le habían permitido por fin, darle cabida a todos y explotar a cada uno según sus características individuales. Aún así subsistían las diferencias de clase, una pirámide, un sistema de castas posmoderno, donde cada uno jugaba un papel concreto en la inmensa torre de babilonia, donde siempre había un jefe y donde el poder real era propiedad privada.

¿Que hago aquí?

Luego de reflexionar y con la angustia subiendo por su espina dorsal, Marcelo Mosquera empezó a gritar:

-¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!

Sin obtener respuesta, después de un par de días de confinamiento, apareció en su mente una gran palabra: atrapado. Sin embargo su YO o su EGO luchaban ardorosamente en su psiquis por mantener el control, su respiración empezó a ser más onda, la segregación de endorfinas le dio un respiro al Neocortex, asumiendo entonces una postura de recogimiento con sus manos en la cabeza, puso en marcha el mecanismo de la memoria:

Días atrás recuerdo estar observando los metros aéreos que pasaban dejando una bella estela de gas blanco atravesando el cielo, sus vidrios reflejaban la intensa luz del viejo Sol. Sus láminas de complejas aleaciones metálicas proyectaban pequeños arcoíris que irradiaban colores fugaces sobre la Estratósfera. A mí alrededor cientos de árboles y arbustos bordeando estructuras prefabricadas de plástico: miles de edificios “limpios”, sin contaminación visual, transparentes, ventilación e iluminación natural, diseños circulares y multiformes le daban un aire cálido a las calles y un toque de complicidad, de confidencia.

Habíamos desterrado el automóvil, ahora la humanidad disfrutaba del suelo, conquistándolo para siempre lejos de los afanes, el smog y los accidentes. Los andenes se ensancharon y los separadores de las calles quedaron convertidos en recipientes semi-orgánicos donde se sembraron miles de plantas. El gobierno mundial del ministerio ecológico había dirigido una eficaz y diligente campaña por estandarizar las calles del mundo.

¿Donde está Maria Betsabé?, la extraño… Lo último que recuerdo es nuestra cita romántica, aquella noche, en aquella azotea de aquel viejo edificio, símbolo de una industrial ya desaparecida: Grandes columnas, rígidas y uniformes, propias de otros tiempos… En el último piso, un negocio “underground”, lugar ambientado con figuras, bustos y cuadros del antiguo imperio egipcio y con personajes clásicos de la ciencia ficción: Terminator, Aliens, Depredador, Neo, Trínity, Chewbacca, el guía de Stalker, entre otros.

-El imperio egipcio duró 3000 años, que cabrones…- Pensé.

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La vista era fenomenal, infinidad de luces de neón, en la zona céntrica, una intrincada red de túneles aéreos que comunicaban a los edificios de la zona, una inmensa colmena de personas transitando, comerciando, existiendo, todo en ebullición perpetua. Y atrás una vieja y reverdecida montaña. Vehículos infestando las partes superiores de los edificios. Filas y filas de taxis Uber sobrevolando las alturas.

-¿Qué será de nosotros en unos 50 años? ¿Habremos logrado alguna fórmula para la juventud sexual eterna? ¿Desentrañaremos los misterios del alma humana? ¿Habrá desaparecido el amor como concepto? ¡Hahahahaha!

- ¡Bahh por favor Consuelo Cañon!

Un ruido parecido a una alarma lo hizo despertar de la ensoñación y volver al presente:

-Pero estoy prácticamente desnudo, solo llevo las prendas de vestir y unos zapatos de cuero, sin rastro alguno de mis artefactos de comunicación.- Se dijo vacilante.

Tras los barrotes solo había una pantalla con proyecciones de paisajes naturales.

De repente escuchó algunas voces lejanas…

-No tengo idea alguna de donde me encuentre- Se dijo a sí mismo y esto le dio seguridad.

!Splash! Suena un gran artefacto mecánico, sale vapor del suelo, los barrotes de la celda se contraen y emerge lentamente una película de vidrio muy gruesa:

Lentamente se asoma una cabeza calva de un individuo con anteojos y de rostro inmutable:

-¡Hola! Que sorpresa tenerte aquí, ya decía yo que tanta emoción y un estado tan febril tenían algo de sospechoso. Pero no te preocupes, aquí recibirás una buena atención. Tan solo queremos “La Verdad”. –Dijo el extraño tecnócrata.

-Venga venga... ¡por favor! ayúdeme, desperté aquí hace una semana, no sé donde estoy ¿cuando llegué aquí? ¿Dónde estoy? – Respondió Marcelo con bastante tranquilidad y vehemencia.

-¡Mmuahahaha! Excelente… -rió el oscuro agente de la técnica biojudicial.

Luego dio la espalda y se marchó.

Marcelo había sido “abducido” por un extraño aparato para-gubernamental, el último vestigio de las antiguas agencias de Inteligencia como la CIA o la NSA. Las clases dominantes nunca renuncian a este tipo de organizaciones sumamente útiles y operativas.

Marcelo volvió a quedarse solo, los barrotes volvieron a su lugar y no volvió a escucharse ruido alguno, solo quedaba el movimiento de aquellas diapositivas de bosques y páramos tras la ventana.

¡Aún no he enviado el borrador! ¡Dios!... ¡Detesto incumplir!. La Sky Wind Company debió recibir ya mis ideas sobre cómo aumentar la felicidad de los niños mediante la exploración lunar y la creación de sustancias endógenas mediante los ejercicios socráticos (caminar, razonar y cuestionar) ¡Rayos! Ya me debieron haber pagado por mi trabajo ¡Los muchachos del sindicato me deben estar extrañando! – Pensó.

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Su postura como especialista en cierta manera le permitía una relación más cordial y amistosa con los miembros del Sindicato Mundial de los Trabajadores Electrónicos.

El Sindicato se había visto reducido gradualmente por el ingreso de una nueva fuerza de trabajo compuesta por andriodes y ginoides de última generación.

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