La conciencia de clase es necesaria, pero la conciencia de género es urgente.

Nota: 
Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

Por: Sonia Liliana Vivas Piñeros*

    Entonces, al compañero revolucionario lo queremos y nos gusta en la calle, pero no nos gusta en la casa. Porque, en la calle, cuestiona al patrón y, en la casa, se vuelven un patrón. Entonces, ahí entendimos la violencia que vivíamos, la explotación.
    (Adriana Guzmán)

La lucha de clases es una constante histórica que se sustenta en las relaciones de dominación que, con el surgimiento y consolidación del capitalismo, encuentran el espacio privilegiado para posicionarse y mantenerse. Esto no hubiera sido posible sin el sistema patriarcal, que asignó roles a las mujeres desde la explicación biológica de la maternidad y a los hombres como proveedores para la satisfacción de necesidades; las primeras, quedan relegadas al ámbito reproductivo, a la vida doméstica del espacio privado, y los segundos, con plena licencia en el ámbito productivo, al acceso de los recursos materiales, las deliberaciones, decisiones y liderazgos del espacio público.

Pero, de manera simultánea a esa lucha de clases, se hace visible que la dominación de las clases menos favorecidas encarna una doble forma de opresión a las mujeres, desde mucho antes del régimen capitalista. Concebidas como un bien patrimonial que facilitaba la unificación de clanes que luego fueron reinos, usadas como botín de guerra que las dejaba en el plano de objetos sexuales, encerradas, cuestionadas, torturadas y quemadas si no respondían a su lugar de obediencia y de ignorancia,
fueron configurando la comprensión de los factores que garantizaban esta condición de sumisión, con lo que se daba el primer paso para la revolución. Mientras se iban creando los dispositivos para la lucha de clases, también aparecían seudónimos en la autoría de importantes elaboraciones en todos los campos del conocimiento, estrategia de muchas mujeres para hacer presencia en el espacio público de la vida, lo que confirmaba que ni la biología ni el patriarcado limitaba sus potencialidades; y cuando las realidades de las guerras fueron minando la población masculina no hubo otra posibilidad para la dinámica explotadora del capitalismo que dar espacio a las mujeres, ya con nombres propios y sin la necesidad del seudónimo, en la vida política y económica. Esto, resume lo que desde ciertos sectores feministas con herencia marcadamente burguesa, consideran como el conjunto de las conquistas históricas de las mujeres, poniéndolo en sentido universal, sin distingos de etnia ni condición social, desconociendo que lo que fue conquista y privilegio para unas, constituyó una nueva fase de explotación para otras, desde discursos como el del emprendimiento o la equidad de género de lo que hemos hablado en artículos anteriores.

Ingresadas en las dinámicas plenas del capitalismo, las mujeres hemos hecho presencia histórica en la lucha de clases; pero hemos sido excluidas y/o relegadas, tanto del relato como del liderazgo en la práctica. Nombres de mujeres como los de Olympe de Gouges, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, entre muchos otros, se abrieron camino entre la hostilidad del patriarcado que también atravesaba el tejido de las organizaciones que luchaban contra la opresión, que se asume en perspectiva de clase, pero no en perspectiva de género. Y es ahí donde las mujeres, sus organizaciones y los feminismos de arraigo popular y comunitario, comprendemos la urgencia de que la conciencia de clase sea fortalecida con la conciencia de género; no se trata de dos praxis opuestas, pero sí diferentes y que se complementan. No se trata de buscar un espacio dentro del patriarcado, sino de luchar por su eliminación.

Ese sistema patriarcal, agenciado por el capitalismo y, en su forma más refinada como neoliberalismo, convoca el histórico llamado de unidad para luchar contra la opresión. Las mujeres, sus organizaciones y los feminismos no renunciamos a este llamado, pero reclamamos que dicha unidad se haga sobre bases diferentes: Reconociendo que esas formas de opresión descargan toda su fuerza, en especial, en las mujeres, y de ellas, en aquellas donde la etnia o el lugar en la cadena depredadora de la producción las pone en peores condiciones; exigiendo que sus luchas se reconozcan en liderazgos y vocerías; mostrando que el espacio privado requiere de corresponsabilidad entre los hombres y las mujeres que lo habitan; rompiendo con los estereotipos de protección, sumisión, invisibilización, objetivación sexual y tantos otros en las organizaciones y movimientos desde los que se hace viva la lucha de clases. Y, entre mujeres, experienciar la sororidad como categoría revolucionaria, que encuentra, fortalece, solidariza y da unidad.

Las claves identitarias de las que habla Lagarde (2000), pone a las mujeres en el lugar de productoras de cultura y no como meras reproductoras del patriarcado. Ese lugar en disputa es el que configura la conciencia de género como comprensión de cada discurso y práctica que fortalece las formas de opresión de las mujeres desde las formas más sutiles (que pasan por la intencionalidad política de los lenguajes, el estereotipo del amor romántico basado en la noción de propiedad de la pareja, la exaltación de la maternidad como estado de realización plena de las mujeres, la potestad del patriarcado sobre el cuerpo y las decisiones de vida de las mujeres, la asignación de roles establecidos desde los juguetes de la infancia, etc.), hasta formas más elaboradas (desigualdad en oportunidades laborales, menores salarios para las mujeres aunque tengan los mismos niveles de formación que los hombres, lugares secundarios y minoritarios en las organizaciones sindicales y políticas donde la paridad aún es una quimera, violencia en todas sus formas contra las mujeres que socialmente se justifica, etc.). Esta conciencia comprende que los contextos construyen luchas de las mujeres, de sus organizaciones y de los feminismos con reivindicaciones diversas, no universales, aunque demanden conservar el referente común de la defensa de la vida deseada, proyectada y hecha realidad en los territorios de la corporeidad, de los recursos vitales, de nuevas masculinidades que están dispuestas a renunciar a sus lugares de privilegio que el mismo patriarcado les ha otorgado sólo por su condición de hombres.

La conciencia de género, entonces, va más allá de lo que Marx y Engels resolvieron encerrando toda la cadena de desigualdades y exclusiones en la lucha de clases. Porque los lugares históricos de las mujeres tienen profundas deudas en su reconocimiento que requieren ser saldadas.

Referencias bibliográficas

LAGARDE, M. (2000). Claves feministas para liderazgos entrañables. Managua: Puntos de Encuentro.

LAGARDE, M. (2005). Claves identitarias de las latinoamericanas en el umbral del milenio. Centro de Documentación Sobre la Mujer. Buenos Aires, Argentina.

PAREDES, J. (2014). Hilando fino. Desde el feminismo comunitario. México: Creativecommons.

PAREDES, J. y GUZMÁN, A. (2014). El tejido de la rebeldía. ¿Qué es el feminismo comunitario? La Paz, Moreno Artes Gráficas.

Las opiniones de las columnas son del autor y no representan la línea editorial de Nueva Gaceta.

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