Carmenza*: de la zozobra a la esperanza.

Paola Cervera Quintero

Por: Paola Cervera Quintero.

Feliz día a todas las mujeres, especialmente a las que en silencio lloran por sus hijos, a las que ruegan a los santos, confiando en que sus oraciones serán escuchadas, aquellas que callan ante las atrocidades de los hombres violentos, pero que invisiblemente no cesan de buscar su libertad.

Carmenza es una de las millones de mujeres víctimas del conflicto armado colombiano que decidió salir de su tierra para salvar su vida y la de su familia. Ella relata paso a paso cómo fue su experiencia, y en cada parte de la historia se percibe su interés por salir adelante y por traer a su lado a sus seres queridos. Difícil tarea que la vida le ha encomendado a ella, y a la vez a cada colombiana que ha tenido que salir del hogar en esas adversas condiciones.

Nació en Unguía, Chocó, con sus hijos y su esposo (al que asesinaron grupos armados no identificados). Hace tres años salió huyendo de la casita donde lo tenía todo. Ella relata, con la nostalgia propia de quien se reconoce dueño de algo “tenía hectárea y media de tierra, casita propia, un cultivo de cacao hermoso que se daba en esa tierra fértil y hacía parte del programa Familias Guardabosques”.

Según cuenta Carmenza, Unguía está bajo el dominio de grupos paramilitares, quienes tienen el control del pueblo e imponen sus reglas, las cuales coartan la libertad y paz de los habitantes. Quizás la más dura restricción para Carmenza es la falta de garantías para las mujeres de la zona. Si un 'paraco' se enamora de una mujer, ella inmediatamente pasa a ser de su propiedad, e inmediatamente esa muchacha pierde su vida, su familia, sus sueños y aspiraciones; cuando ese hombre se cansa de ella, llega otro hombre y se la pasa, y así sucesivamente esa muchacha debe dedicarse a ser 'la mujer' de ese grupo armado, sin derecho a vivir un proyecto de vida propio. Ese es el mayor miedo de Carmenza: que sus hijas, nietas y sobrinas sean tomadas por esos hombres. La falta de garantías es una constante con la que se vive en gran parte de la orilla del Río Atrato.

¡Ah tierra bendita, frondosa Unguía, anterior Santa María la Antigua del Darién, fundada en 1510 por Vasco Núñez de Balboa, población más antigua formada por los saqueadores en esta América continental! ¿Cuántos muertos tus tierras han visto en estos 500 años de vida?, ¿Cuántas viudas, cuánto dolor? Si la tierra hablara, podría contarnos los horrores que conoce, las lágrimas que ha visto derramar y que nutren las aguas del Río Atrato, o del Golfo de Urabá.

Los paramilitares tienen el control del pueblo, ponen sus reglas, el que sale no puede regresar, el que se va, pierde sus tierras, su casita, tal cual como le pasó a Carmenza. Estos hombres armados de vez en cuando ajustician a alguno de los miembros del pueblo, por 'colaborar con la guerrilla' o por incumplir las normas que ellos han impuesto a la fuerza. Es el control a través del miedo, del terror y de la impotencia de los habitantes de manifestarse con palabras o acciones contrarias a las de ese grupo armado.

Pero no solo los paramilitares son verdugos de esta población, Carmenza indica que el pueblo fue atacado 4 o 5 veces antes de que ella saliera de la región por grupos guerrilleros, y allí se vuelve a sentir terror en su relato: cuando se iba la luz de noche en el pueblo la gente pensaba que llegaba la guerrilla, salían corriendo con sus hijos pequeños, con las sabanas, con lo que hubiese a mano, rumbo al puerto, sin saber si su vida se acabaría en la huida o podrían sobrevivir a los ataques de ese grupo.

Y si no huían, llegaba la guerrilla a las casas y los sacaban a las malas. Así cuenta Carmenza del caso de una vecina que se escondió en la alberca de su casa y al sacar la nariz para poder respirar, fue encontrada por el grupo guerrillero, quienes con violencia la sacaron de su casa y la dejaron mal herida al sol y al agua, mientras los que huyeron regresaban a sus hogares.
Nuestra protagonista se cansó de escapar, ella no debía nada, no debería temer nada y por lo tanto la angustia, la zozobra, la desesperanza, no podían seguir siendo su diario vivir, ella debía hacer algo para salvar su vida y la de su familia.

Carmenza tiene 6 hijos, que van de los 32 hasta los 18 años, en este momento se encuentran todos 'regados': unos por Unguía, Acandí, Santa María, Balboa, y dos que hoy en día la acompañan en Bogotá; pero el día que salió del pueblo tuvo que hacerlo solo con sus dos nietas, pidiendo al grupo paramilitar un permiso para llevárselas unos días con ella por condiciones de salud, informándole a los más cercanos su intención, y con la venia de su familia y la ropa que llevaba puesta salió de su región.

Dejó atrás sus tierras, sus hijos y se fue para abrirles las puertas, lejos de allí, ella buscaría un mejor futuro para todos, era en ese momento que debía marcharse.
Sin saber ni siquiera a dónde ir, escapó, pasó por Turbo, llegó a Medellín y allí decidió irse más lejos, tenía claro que para cumplir su propósito debía estar en una ciudad lejana, donde ella fuera 'invisible'. De esta manera llegó a Bogotá, a un barrio en Ciudad Bolívar, a la casa de una amiga que la acogió, y con mucho cariño la recibió junto a sus nietas, de eso hace tres años.

Carmenza ha dormido tranquila desde que vive en Bogotá, ya no siente la zozobra de saber que los grupos armados la amenazarán, ha logrado poco a poco que su familia llegue a la Capital, tiene dos hijas a su lado, han llegado algunas sobrinas, y espera a que sus hijos varones se animen a dejar sus tierras y la acompañen aquí, pero para ellos es una opción muy difícil, pues para nadie es fácil dejar lo construido y luego sentir, en medio de la ciudad, añoranza por unos oficios y paisajes lejanos y tal vez perdidos.

La Bogotá Humana ha puesto su granito de arena en esta historia: al llegar a Ciudad Bolívar, Carmenza logró ser incluida dentro del censo de beneficiados del subsidio de vivienda por vivir en la zona que ha sido calificada como de alto riesgo por la naturaleza de su suelo y que ha sido atendida por el gobierno de Gustavo Petro, brindándoles soluciones a las familias que allí habitan. Hay una luz de esperanza en la vida de esta valiente mujer; al materializarse este subsidio, puede pedir a sus hijos que uno a uno dejen esas tierras pues su mamá ya tiene casa, y que pueden vivir una mejor vida en esta ciudad que les ha brindado la mano. Los ruegos silenciosos de Carmenza han sido escuchados.

*Los nombres y detalles de este texto han sido cambiados para proteger la identidad de su protagonista.