Carlos Eduardo Sierra Cuartas

EL SÍNODO AMAZÓNICO: UNA VISIÓN HOLÍSTICA DE LA CRISIS DE CIVILIZACIÓN

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Magister en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana
Profesor Asociado con Tenencia del Cargo, Universidad Nacional de Colombia

En varios de sus lúcidos y primorosos libros, como en El mundo y sus demonios, el inolvidable Carl Edward Sagan estableció que estamos inmersos en una crisis civilizatoria global desde hace varias décadas, al punto que estamos en medio de una nueva era oscurantista que, en el mejor de los casos, durará no menos de un siglo. Y eso si orientamos nuestros esfuerzos de cara a su superación con el fin de evitar que colapse lo mejor de la ciencia y la alta cultura. Ahora bien, semejante crisis, como bien cabe imaginar, incluye una preocupante dimensión ecológica, puesto que, para el año 2030, se ve venir el colapso de muchos ecosistemas, lo cual significa que el planeta no podrá sostener el actual nivel de población, máxime que el polo norte se está desplazando, circunstancia que implicaría un desajuste dramático del clima mundial, pues, mientras que, por ejemplo, Norteamérica podría quedar como un gran desierto, Europa pasaría a tener un clima ártico. Y no son éstas las únicas megaamenazas que podría enfrentar esta civilización, puesto que Stephen Hawking, el célebre científico, analizó otras amenazas cósmicas, al punto de recomendar que la humanidad salga de la Tierra y se establezca en otros mundos habida cuenta de que, a su juicio, resulta inevitable un apocalipsis inminente.

Lo realmente preocupante y, de paso, enojoso en extremo a propósito de dicho desplazamiento del polo norte estriba en sus causas, antropogénicas como las que más. En concreto, se atribuye esto a hechos como la intensa extracción de agua subterránea en la India para satisfacer las necesidades de una población bastante numerosa y el ritmo de construcción intensa y desmedida que la China viene acometiendo hacia las últimas décadas. En otras palabras, hechos como estos implican la redistribución de la masa de la Tierra, lo cual ha derivado en el desplazamiento de marras. A raíz de esto, la preocupación presente ha conducido a plantear soluciones de hondo calado, las que incluyen la construcción de nuevas ciudades, sobre todo en Suramérica, denominadas como ciudades contrapeso, cuya finalidad radica en tratar de recobrar el equilibrio perdido con la redistribución de la masa terrestre a causa del frenesí desarrollista de India y China. Además, con motivo de esta idea de las ciudades contrapeso, se espera que, en un futuro más bien cercano, haya un desplazamiento de población hacia Chile de unos treinta millones de personas. Y, claro está, no se trata tan solo de Chile.

LA LÓGICA SUBYACENTE EN EL BELICISMO DE DONALD TRUMP

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia (Sede Medellín)

Tan solo han transcurrido unos pocos meses desde que Donald Trump asumió la presidencia de la potencia hegemónica del planeta. No obstante, él ha dado muestras a granel de un patente belicismo, cuya mejor muestra la tenemos con la llegada del submarino nuclear estadounidense USS Michigan a la península coreana a fines del pasado mes de abril. En concreto, se trata de un submarino con capacidad para arrasar por completo con el territorio norcoreano habida cuenta de que puede portar 24 misiles balísticos Trident II, que pueden dispararse desde debajo del agua y abandonar la atmósfera a velocidades de hasta Mach 24 para, a continuación, reingresar y alcanzar blancos a más de 11.000 kilómetros de distancia. Esto significa que una salva completa de tales misiles puede dispararse en menos de un minuto y desprender hasta 192 cabezas nucleares, con capacidad para borrar del mapa unas 24 ciudades. Es decir, un país completo para efectos prácticos.

Lo anterior no es algo casual en modo alguno, hay una lógica subyacente. Por lo pronto, conviene evitar el reduccionismo harto simplista de considerar a Trump y Obama cual demonios para que así la mayoría piense con comodidad que “los buenos somos más”. Sencillamente, estamos hablando de la propia naturaleza humana, cuyo cerebro aún tiene el complejo reptiliano, justo la sede de la agresión, del ritual, de la territorialidad y de la jerarquía social. Como bien dice el inolvidable Carl Edward Sagan, en lo profundo de nuestro cráneo hay algo similar al cerebro de un cocodrilo. Además, la psicología de los últimos decenios arroja luces poco tranquilizadoras, como las brindadas por el experimento de la Universidad de Stanford de 1971, que suscitó más preguntas que respuestas sobre la amoralidad que hay en la psique humana. Es decir, personas que, en principio, podrían tenerse por intachables pueden, si se hallan en un contexto propicio para ello, darle rienda suelta a su señor Hyde, como quedó demostrado con crudeza con la tortura y abuso de prisioneros en Abu Ghraib por parte del personal de la Compañía 372 de la Policía Militar de los Estados Unidos, agentes de la CIA y contratistas militares involucrados en la ocupación de Iraq.

MARCHA MUNDIAL POR LA CIENCIA: ¿LA CIENCIA COMO RELIGIÓN?

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia

En una conferencia memorable de 1963, titulada Esta era acientífica, Richard Phillips Feynman, uno de los mayores físicos del siglo XX, estableció que, pese a la proliferación de científicos, ingenieros y artilugios tecnocientíficos en nuestro tiempo, no puede decirse que estamos en una era científica, en marcado contraste, por ejemplo, con la Edad Media, de la cual puede afirmarse que fue una era religiosa. Por el estilo, Jorge Wagensberg, quien creó y dirigió entre 1991 y 2005 el Museo de la Ciencia de la Fundación La Caixa de Barcelona, señala que la sociedad mundial es paradójica al ser una sociedad que, si bien usa los frutos de la tecnociencia, está habitada en su mayoría por ciudadanos acientíficos, esto es, que no han incorporado el modo científico de comprender el mundo, un modo que es antagónico frente al dogma y al principio de autoridad. En estas condiciones, como diagnosticaba con tino Umberto Eco, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos no logran diferenciar entre la ciencia y la magia al darse un cortocircuito en el nexo entre causa y efecto, como cuando alguien presiona un interruptor y enciende una luz sin tener la menor idea de lo que causa dicho suceso. Sencillamente, estamos en un mundo distópico en el cual la mayoría de la gente, no menos del 95 por ciento de la humanidad, no ha hecho parte de sus vidas el modo científico de comprender el mundo. Ahora bien, ¿qué ha de entenderse por un modo tal de obtener conocimiento? He aquí una cuestión clave que conviene no evitar si deseamos entender las contradicciones de la ciencia hoy.

Carl Sagan y su pronóstico de 1995 sobre los Estados Unidos

Por: Carlos Eduardo Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín

En la Historia, no son raros los casos de intelectuales que atinan con pronósticos sobre cuestiones sociales, económicas o políticas. Como un primer ejemplo de esto, está el caso de Santiago Ramón y Cajal, máxima gloria científica por antonomasia del mundo hispano, quien vaticinó con suficiente precisión la Segunda Guerra Mundial. En efecto, consignó lo siguiente cuando aún salía humo de los cañones de la Primera Guerra: “Desgraciadamente, cada guerra constituye la causa determinante de nuevas guerras. ¿Quién no prevé, para dentro de quince o veinte años, otro choque formidable entre Alemania y Francia? ¿Qué nación obligada a firmar la paz, antes por agotamiento y cansancio que, por devoción a la justicia, no considera cual territorios irredentos todos los adjudicados al vencedor? […] La única, harto discutible ventaja aportada por la civilización, el cristianismo y el socialismo, consiste, no en la supresión de los conflictos bélicos, sino en el retardo del eterno ritmo de paz y de guerra”. En otras palabras, Cajal demostró con este vaticinio un gran sentido común, máxime que para él era evidente que “el hombre es el último animal de presa aparecido”.

Del mismo modo, Richard Rorty, notable filósofo estadounidense, pronosticó en 1998 la llegada de Donald Trump a la presidencia del coloso del norte. He aquí algunas de sus palabras escritas en ese momento: “El electorado no suburbano decidirá que el sistema fracasó y empezará a buscar a un hombre fuerte por quién votar, alguien dispuesto a asegurarles que, una vez elegido, los burócratas presumidos, los abogados tramposos, los vendedores de bonos de salarios excesivos y los profesores posmodernos dejen de tomar las decisiones”. Hoy, con Donald Trump en la presidencia, esto es un hecho consumado. Por supuesto, Rorty no usó para ello una bola de cristal, sino sus análisis de la fractura de la izquierda sin ir más lejos.

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