La automatización de la producción y la suerte de los trabajadores

Por: Pascual Amézquita
PhD en economía.

Hay una película, del género de ciencia ficción, producida en la URSS en 1939, dirigida por Aleksandr Andriyevsky y conocida en español como Pérdida de sensación.

Trata de unos hermanos, uno de los cuales, con el esfuerzo de los demás, se titula de ingeniero. La que podríamos llamar su tesis de grado consistió en hacer un robot, concebido para aliviar el trabajo en la fábrica donde laboraba uno de sus hermanos. Las órdenes se le daban a través de un saxofón y eran transmitidas por ondas de radio.

Al poco tiempo la magnífica idea se convirtió en la base de una tragedia pues empiezan a despedir trabajadores en la fábrica, el sindicato se divide en torno a lo que deben hacer para enfrentar los robots, los hermanos se pelean… y, para peor, uno de los primeros compradores masivos de robots es el ejército, para enfrentar a los trabajadores.

Como se observa, quedan dibujados algunos de los principales problemas que acarrea el uso de los robots en la producción. Hoy esto no es ciencia ficción sino una realidad avasalladora.

En sus primeras manifestaciones el problema fue con la creación de las máquinas que, como se sabe, son artilugios que ensamblan en un solo cuerpo muchas y más poderosas herramientas que antes eran usadas y puestas en marcha cada una por un obrero. Así que la máquina empezó a remplazar trabajadores. Piénsese en lo que ocurre cuando se inventa la máquina de tejer: es la misma herramienta, las agujas, pero antes cada persona manejaba un juego de agujas. Ahora se ensamblan decenas o miles en un solo cuerpo y eso constituye la máquina.

Como es sabido, la primera respuesta de los obreros ingleses fue destruir las máquinas, ejemplo seguido en muchas partes, como en España, hacia 1850, un siglo después del inicio de la maquinización. Destruir, eso es lo mismo que ocurre inicialmente en la película Andriyevsky. Pero la clase obrera poco a poco fue entendiendo, con la ayuda del marxismo, que esta no es la solución. Evolución similar se observa en la película.

La sustitución de los trabajadores por parte de las máquinas, avizorada por Marx en Los manuscritos filosóficos de 1848, vino a acentuarse con las primeras expresiones técnicas de la inteligencia artificial, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando nace la idea de que las máquinas pueden pensar en cierto nivel, es decir, pueden tomar decisiones, muy primarias, pero al fin decisiones. Así se abrió la puerta para poder empezar a trabajar en máquinas que hacen máquinas.

Ya no es la máquina que cuenta billetes, por ejemplo, sino la máquina que debe entregarle al cliente 100.000 pesos y debe “decidir” cuántos billetes de diferentes denominaciones tiene que suministrarle.

A medida que se van volviendo más sofisticadas esas máquinas, es decir, a medida que reemplazan más y más trabajadores, pero, sobre todo, a medida que los remplazan ya no en actividades que implican el uso de músculos (un tractor, o el contador de billetes), sino de sentidos (por ejemplo, reconocimiento de rasgos faciales) y de formas más elaboradas del pensamiento, se están poniendo de presente los verdaderos problemas.

Ante todo, está el asunto de la superabundancia relativa y absoluta de mano de obra. Es decir, el desempleo de un creciente número de trabajadores. Cuando empezó la Revolución Industrial y durante más de un siglo, digamos entre 1750 y la Primera Guerra Mundial, el problema no fue angustioso porque el capitalismo tenía un amplio mundo por dónde extenderse –en profundidad y en extensión, explicaría Lenin– y la técnica no era tan sofisticada. Los millones de trabajadores que sobraron en Europa en el siglo XIX fueron recibidos en América y Oceanía.

Pero ahora ya no hay geografía nueva por copar y los avances tecnológicos son arrolladores. Es por ello que después de cada crisis económica, y en particular en la de 2008, aunque bajó la tasa de desempleo, el número total de obreros sin empleo en el mundo creció, pues se suma más y más población potencialmente activa, pero las empresas que sobreviven a una crisis son las que producen de manera más eficiente, es decir, las que usan más tecnología y menos trabajadores.

Se consolida así uno de los problemas notorios del capitalismo: la creación de nuevos puestos de trabajo corre a un ritmo mucho más lento que la destrucción ocasionada por la incorporación de máquinas y robots.

Pero hay otro problema subyacente que muy pocos capitalistas comprenden: la riqueza que para ellos aparece como ganancia y que el marxismo identifica como la plusvalía, única y exclusivamente proviene del empleo de trabajadores, no del uso de las máquinas o robots. Si no hay trabajadores no hay plusvalía, no hay ganancia. Como día a día en el mundo se emplean comparativamente menos trabajadores, la tasa de ganancia cae (cuando se compara el capital invertido en máquinas con la ganancia obtenida).

Así las cosas, el capitalismo está creando dos problemas realmente insolubles bajo la forma actual de producción, es decir, insolubles desde el punto de vista del capitalismo: Una creciente masa de obreros desempleados (que si quieren subsistir deben trabajar) y una decreciente tasa de ganancia (motor del capitalismo).

La película Pérdida de sensación –sin entrar en los recovecos de la economía política– muestra la solución marxista al problema. Cuando Marx y Engels plantean el socialismo como etapa posterior al capitalismo, lo hacen bajo el supuesto de que la producción habrá crecido a un monto tal que cada uno podrá recibir lo que necesite: de una parte, el hombre ya no tendrá que trabajar pues las máquinas resolverán por sí solas los asuntos de la producción, y de otra, no tendrá que preocuparse pues no habrá propiedad privada.

No obstante, el paso del capitalismo al socialismo está precedido por la actual etapa en la cual hay un feroz pulso entre el capitalismo que busca aumentar su decreciente ganancia disminuyendo el salario y utilizando hasta el último átomo de energía de los obreros, a los cuales chantajea con la amenaza de la lista de despedidos. Poco a poco los obreros caerán en la cuenta de que la única forma de enfrentar esta arremetida es consolidando su organización sindical y su organización política.